sábado, 3 de enero de 2015

Homilía en la Solemnidad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Del libro del Eclesiástico: 3,2-6.12-14.

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

····················································································

Ahora los dejaré con el Papa Francisco y el mensaje del Ángelus en esta solemnidad:


Homilía en la Solemnidad del la Natividad del Señor.

Del libro de Isaías: 52, 7-10.

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

LLEGÓ LA PAZ, LA BUENA NUEVA, LA VICTORIA 
Y ES NUESTRA.

Paz & bien, hermanos (as) ¡FELIZ NAVIDAD!

Como ahora es Navidad no voy a dirigirme a ustedes como siempre, sino un mejor predicador:

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1). «Un ángel del Señor se les presentó [a los pastores]: la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). De este modo, la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría. 
También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la «luz grande». Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte. 
El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos. Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel (cf. Gn 4,8). También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13). Por eso ha seguido esperando con paciencia frente a la corrupción de los hombres y de los pueblos. La paciencia de Dios.  
Qué difícil es entender esto: la paciencia de Dios con nosotros.A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido; y todos los días, pacientemente. La paciencia de Dios.  
La profecía de Isaías anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). La «señal» es precisamente la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez. 
Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera? 
Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios. 
La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto». Queridos hermanos y hermanas, en esta noche santa contemplemos el misterio: allí «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el don de Dios. En cambio, no la vieron los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales, los que adoptan actitudes de cerrazón. Miremos al misterio y recemos, pidiendo a la Virgen Madre: «María, muéstranos a Jesús».
Francisco, papa.

Les deseo una santa Navidad, que veamos al Señor, que contemplemos su misterio.



Homilía del 4to. Domingo de Adviento.

Del segundo libro de Samuel. 7,1-5. 8b - 12. 14a. 16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» 

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo, lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mí presencia; tu trono permanecerá por siempre.»
________________________________________________________________________________________________________

SEÑOR, CONSTRUYENOS LA CASA...

Hermanos y hermanas, que el Señor les de su paz:

Estamos al final del tiempo de preparación para la navidad, y aveces pensamos con la palabra "preparación" que se trata de un esfuerzo sobrenatural o solamente un esfuerzo nuestro. El estracto del libro del profeta Samuel que leemos en la misa es claro al decir que no somos nosotros los que hacemos o preparamos algo para Dios, sino que es Dios el que nos prepara o nos construye la casa.

Igual o parecido, los seres humanos de hoy y de siempre, pensamos que somos nosotros los que logramos las grades hazañas de la historia de la humanidad o la historia de la Iglesia, pero lo cierto es que aunque nos creamos constructores de la historia o sus manipuladores, es Dios que actúa con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, Él construye la suerte de su pueblo solo movido por el amor que le tiene y aunque nos sentimos poderosos porque tenemos el poder, dinero o placeres, Dios se vale de estas cosas, de nuestras debilidades, sabe sacar cosas buenas de las maldades del ser humano o como dice un refrán popular: "Dios escribe derecho en renglones torcidos".

A nivel personal podemos pensar que nuestros esfuerzo es el que nos llevará a la santidad, nuestros ayunos, privaciones, seguir las reglas, ser de un carácter manso, afable, parecernos a Jesús físicamente, actuar de forma falsa ante los demás, construir una imagen de nosotros mismos, pero no nos engañemos la santidad es un don (regalo) de Dios y por lo mismo debemos de pedirlo, lo que podemos hacer externamente solo sirve para favorecerla o destruirla.

Algo parecido sucede cuando se trata de la construcción del Reino de Dios en el mundo, pocos discípulos, pocos misioneros del Reino están consientes de que la tarea la hacemos nosotros pero el que nos construye este Reino es Dios mismo, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es el que lleva a cabo lo que el hombre comienza. Personalmente les comparto que cuando me ordenaron padrecito caí en la tentación de creer que yo era el que celebraba la Misa, yo confesaba, yo bautizaba, yo casaba, yo, yo, yo. Pero gracias a un sacerdote más experimentado Dios me hizo caer en la cuenta de lo que ya había estudiado y sabía, que es Él el que actúa a través de mi, que soy solo un instrumento que una vez que no me necesite me dejará en un rincón como sucede con una guitarra o cualquier instrumento viejo, se le tiene cariño pero se le tiene en un rincón.

Creo que este último domingo de este tiempo de Adviento debemos pedirle al Señor: "Señor, constrúyenos la casa"; construya la casa de nuestro corazón para recibirlo, no hagamos una casa al gusto de nosotros, sino al gusto de Él, no queramos recibirlo en un palacio pues recordemos que Él quiso nacer en un establo pobre. No queramos construir el Reino de Dios a nuestro gusto, sino como Él lo quiere, y creo que el papa Francisco lo define muy bien: "prefiero una Iglesia accidentada por salir que enferma por estar encerrada".

Buen domingo, y digamosle al Señor: "Señor, constrúyenos la casa"

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.



sábado, 13 de diciembre de 2014

Homilía del 3er. Domingo de Adviento.

Lectura del libro de Isaías 61,1-2a.10-11.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. 

Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

Homilía del 2do. Domingo de Adviento.

Del libro de Isaías 11: 1-10.

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.

La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Homilía del 1er, Domingo de Adviento.

Lectura del libro de Isaías. 63, 16b-17. 19b; 64,2b-7.

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Los lamentos, ¿sirven para algo?

Hola hermanos (as), Paz & Bien.

Les deseo de corazón un feliz inicio de año litúrgico, así como a todos los religiosos un fuerte abrazo por este año que el Papa Francisco a querido que sea dedicado a nosotros. Para la homilía este año tomaré la primera lectura de los domingos. Espero la sigan disfrutando así como yo disfruto escribiendo y expresándome en esta forma sencilla para preparar la homilía que les comparto a los hermanos y hermanas en nuestra parroquia.

Esta semana es la semana del profeta Isaías, es decir, en las celebraciones estaremos oyendo y meditando sobre su extenso mensaje. Poco sabemos de este profeta, por ejemplo no sabemos que en realidad se trata de tres Isaías en todo el libro que lleva su nombre en la Biblia, no se sabe si son tres personas o grupos que estudiaban a este profeta. También este profeta es el más grade y contiene uno de los pasajes proféticos más hermosos sobre la vida del salvador especialmente sobre su nacimiento y pasión.

En este pasaje que se nos presenta este domingo Isaías parece que hace un lamento, una especie de recopilación de los acontecimientos, de los pecados de la generación en la que le toco vivir. Clama a Dios para que vuelva su compañía al pueblo, pues parece que Dios los ha abandonado y no queda ninguna esperanza, lo demuestra en las palabras que dice: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!.

Pero, ¿sirven de algo lamentarse de la situación que vivimos? Hoy vivimos en México una situación parecida, desapaciones (no solo los últimos 43 jóvenes, sino cuantos antes de ellos) en todo el país, impunidad, "nuestra justicia parece un trapo mugroso", todos estamos como marchitos por tanta maldad, por la situación de violencia que vivimos. Todo esta puesto para desanimarnos, para perder la fe y la esperanza, sin embargo es Dios quien nos sostiene como dice el mismo profeta al final de esta lectura: "Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano", que nuestra oración sea esta en la semana, no desesperemos y confiemos en Dios, estemos alerta como Jesús nos dice en el Evangelio hoy, pues hay muchas cosas que pueden hacernos perder la fe. No permitamos que las circunstancias de la vida, que nuestros propios pecados nos desanimen de tal forma que no tengamos una esperanza.

Un nuevo año es como una nueva oportunidad que Dios nos da para ser mejores personas, no desaprovechemos esta oportunidad y hagamos propósitos que valgan la pena, que valgan el esfuerzo que hacemos. Que no nos pase con los propósitos de inicio de año nuevo, "bajar de peso, cambiar el carácter", sino hagamos propósitos realizables y que nos beneficien más concretamente a nosotros pero también a los hermanos que nos rodean.

¡Feliz Domingo! y alabemos a Dios, caigamos en la cuenta de nuestros retos con los lamentos, pero que no nos desanimen. 

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Homilía del Domingo de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

De la primera carta del apóstol san Juan; 3, 14-16.

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. Quien odia a su hermano es homicida, y saben que ningún homicida posee la vida eterna.

Hemos conocido lo que es el amor en aquel que dio la vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos.

____________________________________________

Quien no ama esta muerto.

Hola hermanos y hermanas, Paz y bien.

Hoy a coincidido la Conmemoración de los fieles difuntos con el domingo 31º del tiempo ordinario. Fijemos nuestra atención en este estracto de la primera carta del apóstol san Juan que nos habla de la muerte no en un sentido físico, sino espiritual.

Todas las lecturas nos daban luces para reflexionar sobre las diferentes muertes por las que nosotros pasamos. Pero en esta lectura san Juan refiere un tipo de muerte que a veces no le ponemos importancia. Cuando una persona no ama y odia es como si no viviera, pues su odio o rencor no le deja ser feliz, incluso cuando odiamos a alguien los únicos afectados en una proporción total somos nosotros mismos. Y es que cuando experimentamos un sentimiento de odio, de rencor, es como si inyectáramos a nuestro corazón y nuestra alma dosis muy fuertes de veneno, un veneno que poco a poco va acabando con lo más preciado que tenemos los seres humanos, que es amar y ser amado.

Dice san Juan además que la medida o la prueba del amor la ha dado el Señor Jesús, que al morir en cruz a muerto por amor a nosotros, y que cada vez que vemos la cruz debe hacernos caer en la cuenta en el amor que nos tiene y nos tendrá siempre Dios. Quien odia es un homicida, dice san Juan, esta expresión es muy fuerte como fuerte es la experiencia de odiar, y es cierto, pues cuando odiamos a alguien lo matamos, lo anulamos, no nos interesa para nada. No solo matamos de una forma física sino también de este modo, odiando a los demás. Y aunque las personas que odian siguen viviendo como si no pasará nada, no viven felices, no son plenas, siempre les falta algo y me atrevo a decir que no solo cometen homicidio, como dice san Juan, sino que también suicidio, es decir, se matan a si mismas.

Queridos hermanos y hermanas, no pensemos que nuestros hermanos que han muerto y que están en la presencia de Dios están muertos espiritualmente, porque no es así, no seamos ilusos, pues ellos están más vivos que nosotros. Nosotros a veces estamos más muertos que ellos pues por medio del odio estamos  como muertos en vida, ellos en cambio gozan de la plenitud de la vida con Cristo el Señor. Amemos de verdad, trabajemos por la justicia y entonces habrá paz en nuestro corazón y en nuestro entorno. Si seguimos viviendo en el odio, en la violencia, en la desconfianza seguro que seguiremos contribuyendo a la cultura de la muerte que impera.


¡Buen Domingo!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap