domingo, 4 de enero de 2015

Homilía de la Manifestación del Señor a las naciones.

Del libro de Isaías 60,1-6.

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

...SOBRE TI AMANECERÁ EL SEÑOR...

Paz & Bien, hermanos (as).

Hoy el Señor se manifiesta (epifanía) a todas las naciones, es lo que quieren significar los magos que llegan al portal donde nació nuestro Amor, nuestro Salvador, el REDENTOR; también los regalos que llevan estos reyes significa que Él es REY (oro), que Él es DIOS (incienso) y Él es HOMBRE (mirra). Es la fiesta de la luz, pues la LUZ iluminó las tinieblas, y es la fiesta de los regalos, pero no que nos van a dar regalos, sino que nosotros vamos a dar regalos al NIÑO JESÚS, pues Él es el festejado, pues ¿cuándo se ha visto que Él que cumple años reparte regalos a los que son invitados a su fiesta?

Es la fiesta de la luz, sin embargo, en ocasiones estamos medios apagados, como en tinieblas, como desganados. Y esto lo digo por propia experiencia, pues aveces los quehaceres diarios te desgastan, te agobian, incluso en ocasiones sobrepasan nuestras competencias, nuestras fuerzas, sin embargo cuando llegamos a este limite tenemos que reconocer lo limitado que somos, que somos instrumentos y es el Señor que amanecerá en tal o cual situación. Cuantos servidores van dando un servicio a medias, necesitados de atención, celosos por que el padre privilegia a algunos, haciendo las cosas solo porque le tocan, haciendo el servicio por protagonismo, y mas aún. viendo el servicio como un puesto de poder o un puesto privilegiado para ser mal encarados, dictador o con derechos preternaturales. Pensamos que somos indispensables en estos servicios, que solo yo estoy bien con mi plan de parroquia.

Estas actitudes o situaciones que enumero es porque no tenemos claro el ejemplo Del que según seguimos, y no quiero decir que yo soy un excelente seguidor de Cristo, un discípulo y misionero ideal como lo proponen los documentos de la Iglesia, pero hay algunas actitudes mínimas que nos hacen pensar que "sobre nosotros amanecerá el Señor", por eso quiero enumerar algunas de las actitudes para que amanezcamos a una nueva realidad:

  1. "Levántate, brilla, (ponga c/u su nombre) que llega tu luz". Muchas ocasiones nos gusta estar tirados, vivir en penumbras, en tinieblas. También a veces queremos brillar con luz propia, pensamos o nos creemos "estrellitas" que solo estrellamos con nuestro testimonio. El profeta nos invita a levantarnos y a brillar pero con el Señor, no solos, pues si lo hacemos solos nos creemos, somos arrogantes, no brillamos con luz propia sino con la LUZ que es el SEÑOR.
  2. "Mira: las tinieblas... y la oscuridad... pero sobre ti amanecerá el Señor". Sabemos porque a diario lo vemos que la oscuridad, que las tinieblas parece que ganan, incluso somos en ocasiones sus instrumentos en lugar de ser instrumentos de la LUZ, pero el profeta dice que no perdamos la esperanza, la perdemos porque nos confiamos en nuestras fuerzas o en la de los otros hermanos que son igual de limitados que nosotros. No lo olvidemos; la FUERZA, la LUZ es JESÚS.
  3. "Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora". Solo si nosotros somos instrumentos de la LUZ (JESÚS), como la estrella que guió a los magos hacía Jesús, podremos ser que otros hermanos y hermanas caminen a la LUZ para guiar a los reyes (servidores) caminen al resplandor de la aurora (Jesús).
  4. "Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos". A veces como servidores solo estamos viendo lo que hacemos y incluso no nos damos cuenta que no lo hacemos bien, pues no lo hacemos con amor, con generosidad; solo lo hacemos porque me toca, porque me pagan, porque no hay nadie más, pero se no se nos olvide que si hay más hermanos que quisieran hacerlo bien, que hay más personas que lo pudieran hacer, pero estamos aquí porque necesitamos de Dios. No olvidemos que trabajamos para Dios y para sus hijos aunque solo vengan por la firma de la misa, aunque solo vengan porque necesitan de Dios, aunque solo vengan porque tiene un problema difícil, pero ¿acaso no nosotros venimos por lo mismo? solo que venimos con más conciencia y más conscientes; se nos olvida que la Iglesia de Dios es un hospital donde los enfermos venimos a curarnos.
  5. "Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos". Solo cuando abrimos bien los ojos, solo cuando no nos encerramos y vemos en torno a nosotros, solo entonces lo veremos todo diferente, lo veremos radiante de alegría; entonces nos sorprenderá de lo que nos estábamos perdiendo; soló así nuestro corazón se ensanchará y daremos cabida a todos y a todas sus ideas, sus sueños. Sólo con una actitud de apertura, de disposición, de servicio humilde, hacerlo todo con amor, no porque me toca, solo entonces no estaremos perdiendo las riquezas que si valen la pena como lo son: una comunidad unida, viva, animada, iluminada y incluyente.
  6. "Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá". Creo que hay muchos que quieren ayudar a la Iglesia en sus necesidades, pero no permitimos (los que ya estamos sirviendo) que otros ayuden porque somos celosos, nos creemos los todopoderosos, recordemos que todos somos hijos en el Hijo (Jesús) del Padre de la gloria.
  7. "Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor". Solo con las actitudes que antes enumeré, las actitudes que cada uno tendría que encarnar, tendremos una parroquia, una diócesis, una Iglesia, donde la gente no solo venga por obligación, por la hojita de asistencia del catecismo; la educación no consiste en darle información a la gente sino en dar gestos, actitudes concretas de apertura, de solidaridad, de amor verdadero, desinteresado. 
Ojala todos hagamos un regalo a Jesús y que sea alguna actitud buena hacía los demás, y si estamos sirviendo sepamos cargar no solo con los reflectores, sino con la cruz que supone. 

El Señor nos ayude. ¡FELIZ DOMINGO!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.




sábado, 3 de enero de 2015

Homilía en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios.


Del libro de los Números. 6, 22-27.


El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz." Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Jueves
 1 de enero de 201
5



Vuelven hoy a la mente las palabras con las que Isabel pronunció su bendición sobre la Virgen Santa: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,42-43).

Esta bendición está en continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26). Con la celebración de la solemnidad de María, la Santa Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar.

Además de contemplar el rostro de Dios, también podemos alabarlo y glorificarlo como los pastores, que volvieron de Belén con un canto de acción de gracias después de ver al niño y a su joven madre (cf. Lc 2,16). Ambos estaban juntos, como lo estuvieron en el Calvario, porque Cristo y su Madre son inseparables: entre ellos hay una estrecha relación, como la hay entre cada niño y su madre. La carne de Cristo, que es el eje de la salvación (Tertuliano), se ha tejido en el vientre de María (cf. Sal 139,13). Esa inseparabilidad encuentra también su expresión en el hecho de que María, elegida para ser la Madre del Redentor, ha compartido íntimamente toda su misión, permaneciendo junto a su hijo hasta el final, en el Calvario.

María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.

Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, porque la Iglesia y María están siempre unidas y éste es precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una «dicotomía absurda», como escribió el beato Pablo VI (cf. Exhort. ap. N.Evangelii nuntiandi, 16). No se puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.

Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.

Queridos hermanos y hermanas. Jesucristo es la bendición para todo hombre y para toda la humanidad. La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor. Esta es precisamente la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo. Y María, la primera y perfecta discípula de Jesús, la primera y perfecta creyente, modelo de la Iglesia en camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y sostiene siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio materno y discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de todos los hombres y de todos los pueblos.

Que esta madre dulce y premurosa nos obtenga la bendición del Señor para toda la familia humana. De manera especial hoy, Jornada Mundial de la Paz, invocamos su intercesión para que el Señor nos de la paz en nuestros días: paz en nuestros corazones, paz en las familias, paz entre las naciones. Este año, en concreto, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz lleva por título: «No más esclavos, sino hermanos». Todos estamos llamados a ser libres, todos a ser hijos y, cada uno de acuerdo con su responsabilidad, a luchar contra las formas modernas de esclavitud. Desde todo pueblo, cultura y religión, unamos nuestras fuerzas. Que nos guíe y sostenga Aquel que para hacernos a todos hermanos se hizo nuestro servidor.

Miremos a María, contemplemos a la Santa Madre de Dios. Os propongo que juntos la saludemos como hizo aquel pueblo valiente de Éfeso, que gritaba cuando sus pastores entraban en la Iglesia: «¡Santa Madre de Dios!». Qué bonito saludo para nuestra Madre… Hay una historia que dice, no sé si es verdadera, que algunos de ellos llevaban bastones en sus manos, tal vez para dar a entender a los obispos lo que les podría pasar si no tenían el valor de proclamar a María como «Madre de Dios». Os invito a todos, sin bastones, a poneros en pie y saludarla tres veces con este saludo de la primitiva Iglesia: «¡Santa Madre de Dios!».

Homilía en la Solemnidad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Del libro del Eclesiástico: 3,2-6.12-14.

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

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Ahora los dejaré con el Papa Francisco y el mensaje del Ángelus en esta solemnidad:


Homilía en la Solemnidad del la Natividad del Señor.

Del libro de Isaías: 52, 7-10.

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

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LLEGÓ LA PAZ, LA BUENA NUEVA, LA VICTORIA 
Y ES NUESTRA.

Paz & bien, hermanos (as) ¡FELIZ NAVIDAD!

Como ahora es Navidad no voy a dirigirme a ustedes como siempre, sino un mejor predicador:

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1). «Un ángel del Señor se les presentó [a los pastores]: la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). De este modo, la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría. 
También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la «luz grande». Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte. 
El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos. Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel (cf. Gn 4,8). También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13). Por eso ha seguido esperando con paciencia frente a la corrupción de los hombres y de los pueblos. La paciencia de Dios.  
Qué difícil es entender esto: la paciencia de Dios con nosotros.A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido; y todos los días, pacientemente. La paciencia de Dios.  
La profecía de Isaías anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). La «señal» es precisamente la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez. 
Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera? 
Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios. 
La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto». Queridos hermanos y hermanas, en esta noche santa contemplemos el misterio: allí «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el don de Dios. En cambio, no la vieron los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales, los que adoptan actitudes de cerrazón. Miremos al misterio y recemos, pidiendo a la Virgen Madre: «María, muéstranos a Jesús».
Francisco, papa.

Les deseo una santa Navidad, que veamos al Señor, que contemplemos su misterio.



Homilía del 4to. Domingo de Adviento.

Del segundo libro de Samuel. 7,1-5. 8b - 12. 14a. 16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» 

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo, lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mí presencia; tu trono permanecerá por siempre.»
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SEÑOR, CONSTRUYENOS LA CASA...

Hermanos y hermanas, que el Señor les de su paz:

Estamos al final del tiempo de preparación para la navidad, y aveces pensamos con la palabra "preparación" que se trata de un esfuerzo sobrenatural o solamente un esfuerzo nuestro. El estracto del libro del profeta Samuel que leemos en la misa es claro al decir que no somos nosotros los que hacemos o preparamos algo para Dios, sino que es Dios el que nos prepara o nos construye la casa.

Igual o parecido, los seres humanos de hoy y de siempre, pensamos que somos nosotros los que logramos las grades hazañas de la historia de la humanidad o la historia de la Iglesia, pero lo cierto es que aunque nos creamos constructores de la historia o sus manipuladores, es Dios que actúa con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, Él construye la suerte de su pueblo solo movido por el amor que le tiene y aunque nos sentimos poderosos porque tenemos el poder, dinero o placeres, Dios se vale de estas cosas, de nuestras debilidades, sabe sacar cosas buenas de las maldades del ser humano o como dice un refrán popular: "Dios escribe derecho en renglones torcidos".

A nivel personal podemos pensar que nuestros esfuerzo es el que nos llevará a la santidad, nuestros ayunos, privaciones, seguir las reglas, ser de un carácter manso, afable, parecernos a Jesús físicamente, actuar de forma falsa ante los demás, construir una imagen de nosotros mismos, pero no nos engañemos la santidad es un don (regalo) de Dios y por lo mismo debemos de pedirlo, lo que podemos hacer externamente solo sirve para favorecerla o destruirla.

Algo parecido sucede cuando se trata de la construcción del Reino de Dios en el mundo, pocos discípulos, pocos misioneros del Reino están consientes de que la tarea la hacemos nosotros pero el que nos construye este Reino es Dios mismo, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es el que lleva a cabo lo que el hombre comienza. Personalmente les comparto que cuando me ordenaron padrecito caí en la tentación de creer que yo era el que celebraba la Misa, yo confesaba, yo bautizaba, yo casaba, yo, yo, yo. Pero gracias a un sacerdote más experimentado Dios me hizo caer en la cuenta de lo que ya había estudiado y sabía, que es Él el que actúa a través de mi, que soy solo un instrumento que una vez que no me necesite me dejará en un rincón como sucede con una guitarra o cualquier instrumento viejo, se le tiene cariño pero se le tiene en un rincón.

Creo que este último domingo de este tiempo de Adviento debemos pedirle al Señor: "Señor, constrúyenos la casa"; construya la casa de nuestro corazón para recibirlo, no hagamos una casa al gusto de nosotros, sino al gusto de Él, no queramos recibirlo en un palacio pues recordemos que Él quiso nacer en un establo pobre. No queramos construir el Reino de Dios a nuestro gusto, sino como Él lo quiere, y creo que el papa Francisco lo define muy bien: "prefiero una Iglesia accidentada por salir que enferma por estar encerrada".

Buen domingo, y digamosle al Señor: "Señor, constrúyenos la casa"

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.



sábado, 13 de diciembre de 2014

Homilía del 3er. Domingo de Adviento.

Lectura del libro de Isaías 61,1-2a.10-11.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. 

Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

Homilía del 2do. Domingo de Adviento.

Del libro de Isaías 11: 1-10.

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.

No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.

La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.