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sábado, 1 de marzo de 2014

Homilía del 8° Domingo del Tiempo Ordinario.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios: 4, 1-5.

Que la gente nos considere como servidores de Cristo y administradores de los secretos de Dios.

Ahora bien, a un administrador se le exige que sea fiel. A mí poco me importa ser juzgado por ustedes o por un tribunal humano; ni yo mismo me juzgo. Mi conciencia nada me reprocha, pero no por ello me siento sin culpa; quien me juzga es el Señor. Por tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen la llegada del Señor, él iluminará lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios.



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"Servidores y administradores"

Hola hermanos y hermanas, paz y bien.

Este último domingo ordinario, antes de la cuaresma, quisiera hablar de los que servimos en la Iglesia, pues eso es lo que somos aunque le llamemos cargos o puestos. Los que servimos en la Iglesia como servidores (ministros) deberíamos dar un testimonio coherente, pero como todos los seres humanos fallamos en la interpretación de nuestros servicio a la Iglesia y más aún en la práctica de este servicio con actitudes anti-evangélicas.

En estos días el Papa Francisco a nombrado 19 nuevos cardenales (bisagras, es decir, que sirven para que la Iglesia sea UNA como lo quiso el Señor) y en su mensaje a dicho que "no han entrado a una corte, sino a servir a la Iglesia", es decir, que no son príncipes como antes se pensaba, sino los primeros que están al servicio de la Iglesia. También les ha recordado que "no están para mandar, sino para servir"; y creo que estas palabras valen para cualquier servidor de la Iglesia (catequista, ministro, coordinador, animador, agente, diacono, sacerdote, obispo y papa), pues estamos para servir con humildad, con mansedumbre, con amor, con ternura, con alegría a los demás hermanos. Es feo constatar que ni los mismos hermanos que sirven se hablan, se saludan, se dirigen uno a otro con cariño, cuanto más van a pasar esto con las demás personas. Les pongo el mensaje del papa a continuación.


Entonces todos somos servidores, y el sacerdote también es administrador de los misterios de Dios, no son de él sino que es un administrador del dueño que es Dios. A veces los sacerdotes pensamos que la Iglesia nos pertenece, que todos están para que cumplan nuestras ordenes, nos comportamos como funcionarios de alguna empresa más que como pastores. Por eso san Pablo recalca que el administrador, que el servidor debe ser fiel a su vocación, a su servicio, a su ser pastor del rebaño, de ser fiel en amar a todos, aunque esto cueste, y aveces cuesta mucho. Cuantos buenos pastores o cuantos que se estaban preparando para serlo he conocido y se han marchado, por distintas causas, y cuantos nos hemos quedado sin ser los mejores, pero este es el misterio del llamado. Pero tenemos que ser sinceros a la hora de optar por ser servidor y administrador, pues si no se es fiel, si no doy lo mínimo al Señor ¿cómo es que voy a dar lo máximo cuando me lo pida?, tengamos la valentía de decir "si" al Señor con toda honestidad, porque como dice el mismo Pablo, no seremos juzgados por los hombre sino por el mismo Dios que nos ha llamado.

Así, hermanos y hermanas, todos los que servimos en algún ministerio en la Iglesia tenemos que ser humildes al reconocer que somos limitados, que estamos en camino, que no somos ultra-buenos, que somos gente normal, esforzándose por ser mejor persona, mejor cristiano (a), mejor cada día y en toda circunstancia. Que no se nos suba el poder, la arrogancia, el orgullo, la jactancia a la cabeza y pensemos que somos dueños, que tenemos cargo, que tenemos un puesto en la Iglesia, nuestro "único poder, dice el papa Francisco, es servir". Pero este servicio tenemos que hacerlo humilde, generoso, con paciencia, pues vamos a encontrar incomprensiones, tenemos que hacerlo consientes que somos siervos del Señor y que "Él es el dueño de la mies".

La invitación de Jesús en este domingo es que seamos servidores y administradores humildes, pacientes, pues "Él es manso y humilde de corazón", no se anuncia el evangelio con discursos con palabras rimbombantes, con autoridad humana, con sabiduría humana, sino con la sencillez del Evangelio, con la sencillez del mismo Cristo-Evangelio, "que no vino a ser servido sino a servir". Seguro que una mujer humilde, que un niño abandonado, que un hombre que ha sufrido mucho en la vida, que no se han desesperado y confían plenamente en Jesús, en Dios, son mejores anunciadores de buenas noticias. Hagámonos una pregunta este domingo ¿tengo las características de Jesús servidor, yo que me digo ser un servidor suyo en mis hermanos? no te desanimes si no tienes estas características, pidamos la ayuda de Jesús, esta pregunta hay que hacérsela para caer en conciencia de somos servidores de Jesús y por lo mismo hay que adquirir la forma del servicio de Jesús.


¡¡Buen domingo!!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Homilía del 1° Domingo del ADVIENTO.

De la carta del apóstol San Pablo a los Romanos. 13, 11-14.


Reconozcan el momento en que viven, que ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día se acerca: abandonemos las acciones tenebrosas y vistámonos con la armadura de la luz.

Actuemos con decencia, como de día: basta de banquetes y borracheras, basta de lujuria y libertinaje, no más envidias y peleas. Revístanse del Señor Jesucristo y no se dejen conducir por los deseos del instinto.

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!Despierten del sueño¡

Que el Señor les conceda su paz, hermanos y hermanas:

Hola a todos los que me leen. Quiero iniciar este nuevo ciclo (año) litúrgico ofreciéndoles la reflexión de las 2das. lecturas de cada domingo. Cada domingo me centraré en la reflexión de esta lectura, pues aveces se deja de lado porque no tiene nada que ver con el contexto de las otras lecturas. Espero les ayude.

Este primer domingo del tiempo de ADVIENTO el tema es no pensar que el tiempo presente es el más importante, que las cosas que tenemos son las que nos ayudarán. por eso el Evangelio de hoy nos dice que pongamos los ojos en las cosas que no se ven, pues son las que más importan, que estemos atentos. Esta parte de la carta a los Romanos, san Pablo nos invita a estar despiertos, pues a veces podemos pensar que ya por estar en misa o con los hermanos, ya estamos bien, sin embargo no siempre es así.

Dice san Pablo: "Ya es hora que despierten del sueño", esta es la frase que más me llama la atención, pues es una buena frase para iniciar con este nuevo año y también con este ADVIENTO. Pero, ¿por qué a veces esta dormida nuestra fe, nuestra esperanza o nuestra caridad? Precisamente porque nos confiamos, pensamos que las cosas, las situaciones, nuestras cosas, nuestros problemas son los únicos que importan, y se nos olvida que lo único importante es Dios, Él nos ayuda siempre, esta con nosotros siempre, a pesar de lo que hagamos. 

También nuestra esperanza esta como dormida, y una prueba de eso es que vivimos el hoy sin esperar algo mejor para el mañana. Muchas veces pensamos que es mejor vivir el momento, vivir el presente, y es correcto, pero tenemos que vivir el presente con la esperanza de algo mucho mejor que esta vida presente. De hecho el Adviento es un tiempo de esperanza, de esperanza en una tierra nueva, de un cielo nuevo, incluso aquí en la tierra. No vivamos, hermanos y hermanas, como personas sin fe y sin esperanza, porque si vivimos así caemos en el desanimo, vivimos como dormidos, sin sentido esta vida que es tan bella. 

Otra virtud que parece dormida en nosotros es la caridad. Nuestra vida cristiana es como un camino, el cual sino es transitado por cada uno de nosotros se pierde, sale hierba. La fe en Jesucristo no solo es ir a misa, rezar, "portarse bien", cumplir, también es caminar por este camino que se llama caridad (amor), pues este camino es el mismo por donde caminó Jesús. En este tiempo  de Adviento estamos invitados por Jesús a pasar de las obras de las tinieblas a las obras de la luz, y esto se hace patente cuando ayudamos a nuestros hermanos y a los que más nos necesitan.

Seria muy bueno, hermanos y hermanas, que este Adviento tengamos en cuenta esto que nos dice san Pablo: "basta de banquetes y borracheras, basta de lujuria y libertinaje, no más envidias y peleas", pues solo así tendría sentido iniciar una nueva oportunidad para ser mejor, pues Dios siempre nos da una nueva oportunidad. Vivamos es nueva oportunidad que Dios nos da para ser mejores como si fuera la última que vivamos.

Creamos en Dios, confiemos en Él; y esperemos un mundo nuevo, sin corrupción, sin violencia, sin guerras, un mundo de paz, de concordia y de fraternidad; pero no olvidemos que esto lo construimos nosotros, a pesar que que el tejido social, el sistema que impera hoy es tenebroso, puede haber algo mejor, pero lo tenemos que construir. No tengamos miedo de levantar la voz ante las injusticias, no tengamos miedo de actuar con convicción ante alguna situación de corrupción, no tengamos miedo en definitiva de amar, de construir una sociedad basada en el amor, en el amor de Dios que se hace SALVACIÓN, que se hace HOMBRE como nosotros, que viene a ayudarnos, que viene a ser como un FARO que ilumina nuestro camino.

¡Buen inicio de año, hermanos y hermanas, y que el Señor sea el que nos ayude para esperar con confianza su venida gloriosa al final de los tiempos y en nuestro tiempo!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Homilía del 31° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del santo Evangelio según San Lucas. 19, 1-10.
Entró en Jericó y la fue atravesando, cuando un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío, no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a un árbol para verlo, pues iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: 
—Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa. Bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.
Al verlo, murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: 
—Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le restituyo cuatro veces más.
Jesús le dijo:
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque este Hombre vino a buscar y salvar lo perdido.
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Jesús, restablece nuestra dignidad.

Hola hermanos (as), paz y bien.

Que difícil es para cualquiera de nosotros reconocer nuestras faltas, reconocer que nos equivocamos y volver a las personas o a Dios pidiendo perdón. Es verdaderamente una gran y loable acción, pero es necesario que lo hagamos, pues solo así somos fuertes. Cuando reconocemos que nos equivocamos y pedimos disculpas recuperamos un poco de la confianza que nos tenían,  incluso las demás personas te reconocen por la humildad que supone la acción de admitir que te equivocaste.

Es lo que le pasó a Zaqueo, o Mateo, quien despues de admitir que estaba por un camino equivocado se vuelve uno de los apóstoles del Señor y es quien nos cuenta del mismo Jesús en su Evangelio. La conversión de Zaqueo se dio, primero porque quería saber quien era Jesús, pero por su baja estatura no podía verlo, no se lo permitían así que subió a un árbol y fue cuando Jesús lo ve, también se da por el encuentro con Jesús, el Señor no le juzga, no lo tacha de pecador (como mucha gente lo tenia tachado), entra en su casa sin importarle las criticas de los demás, come con él, le anuncia la salvación, Zaqueo se arrepiente y admite que ha hecho las cosas mal y es entonces cuando quiere restablecer o devolver lo malo que había hecho, para que su perdón fuera completo. Se nota en él un agradecimiento sincero porque Jesús lo restablece en su dignidad de hijo amado de Dios.

La mismo que Zaqueo se repite en nuestro proceso de conversión y en el de cualquiera de nuestros hermanos, nos sentimos poca cosa para Dios, pero a la vez somos orgullosos y déspotas ante los hombres porque es como nos escudamos de las criticas y juicios de las personas, nos portamos así para que no nos vean débiles  pero una vez que nos encontramos con Jesús doblamos este orgullo y caemos a sus pies pidiendo perdón, pues con Jesús no pasa lo mismo que con los demás hermanos, no juzga, no etiqueta, solo nos recibe con gran amor, con gran compasión y cuando nos levanta, somos realmente fuertes. 
 
Queridos hermanos y hermanas, nosotros podemos ser instrumentos de reconciliación, podemos ser puentes para que los hermanos alejados se reconcilien con Dios, con ellos mismos y con los demás, pero tenemos que recibirlos con la actitud de Jesús, una actitud humilde, de comprensión, que no nos de vergüenza de entrar en los ambientes de miseria humana, de anunciar a todos la Salvación que es Jesús, el pecado no se contagia como el sarampión pues todos somos pecadores. El discípulo (a) que no se reconoce un pecador  (a) perdonado (a), que no se ha arrodilla ante Jesús todos los días pidiendo perdón, que no se acerca al sacramento de la Reconciliación, no puede ser un discípulo de Jesús, que es puente entre los humanidad y Dios.

Somos grandes cuando reconocemos nuestras limitaciones y nos arrepentimos, y más aún cuando restablecemos el mal que hemos hecho, pero somos más grandes en el Reino de los Cielos, dice Jesús, si llevamos a más hermanos a esta acción, si somos puente y ejemplo para otros de reconciliación. Restablezcamos la dignidad de tantos hermanos, como lo hizo Jesús con Zaqueo, no juzgando, no hablando mal del los demás, recibiendo a todos, escuchando a todos, seamos como Dios (como dice el libro de la Sabiduria hoy) que se hace que no ve los pecados de los hombres para darle oportunidad de arrepentirse. No condenemos, sino acojamos como una madre acoge al hijo despues que el hijo se ha equivocado, y como dice san Francisco: "y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales".

Seamos instrumentos de perdón, porque hemos experimentado el perdón y el amor de Dios en nosotros, seamos discípulos que restablecen la dignidad de los hermanos perdida por el pecado.

¡¡¡¡ ALABADO SEA JESUCRISTO !!!!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

sábado, 12 de octubre de 2013

Homilía del 28° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del Evangelio según San Lucas 17, 11-19.


Yendo él de camino hacia Jerusalén, atravesaba Galilea y Samaría. Al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia y alzando la voz, dijeron:
—Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

Al verlos, les dijo:
—Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban, quedaron sanos. 

Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Era samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:
—¿No recobraron la salud los diez? ¿Ninguno volvió a dar gloria a Dios, sino este extranjero?

Y le dijo:
—Ponte de pié y vete, tu fe te ha salvado.



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¿De qué lepra tenemos que sanarnos? 
¿Qué agradecer a Dios?

Paz y bien, hermanos (as).

Esta semana nos juntamos los padres del decanato y siempre es una buena experiencia reunirnos, juntarnos, compartir la Palabra de Dios. Pero pienso que nos quedamos en lo que le dice la Palabra de Dios a los fieles a los que le dirigiremos la homilía, y nos olvidamos que la Palabra también nos habla a nosotros personalmente, y a cada uno le dice algo sobre su vida, exige una conversión humilde, reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestras faltas. Por eso quiero dirigir la mirada a las lepras que nos aquejan a los que formamos las comunidades, aunque se ve claramente que el tema de fondo es el agradecimiento.

Sin duda alguna que Jesús, al encontrarnos, al llamarnos a su servicio, ya sea como laico comprometido, como matrimonio, como joven en el coro, en cualquier grupo de la parroquia, como diácono, como sacerdote, obispo y hasta Papa, nos sano de alguna lepra. Por ejemplo, nos sano de la lepra del desanimo, del pecado, de la ignorancia, del mal camino por donde avanzabamos, de tantas cosas que hacíamos por no conocer el amor de Dios. Después con el tiempo que fuimos conociéndolo, amándolo, sirviéndolo en los hermanos, fuimos también llenándonos de nuevas lepras, y nos podemos preguntar, ¿como que nos llenamos de nuevas lepras, aunque estemos con Jesús, en su camino, en su Iglesia, sirviendo a los hermanos? y la respuesta es sencilla, pues como seres humanos estamos inclinados a separarnos de Jesús, de su amor, de sus mandatos (ha esto le llamamos pecado), y aunque no pareciera nos vamos haciendo, por la rutina, orgullosos, poderosos, arrogantes, incluso pensamos que ya estamos salvados por el hecho de estar donde estamos, en la casa de Dios, sirviéndolo, de encargados de algo. Esta es la lepra que nos aqueja en muchos de nuestros grupos de Iglesia, en muchos de nuestros ambientes, pensamos en los leprosos de nuestro tiempo (los enfermos de sida, los gays, los ancianos, los jóvenes) pero no vemos que los leprosos del alma, los leprosos que necesitamos cada día de la curación de Jesús somos nosotros, los que según estamos más cerca de Jesús.

Somos buenos para identificar o decir, quienes son los leprosos de nuestro tiempo, quienes son los que no aceptan a Jesús, pero no nos preguntamos si nosotros ya lo aceptamos de verdad. Muchos de nuestros hermanos no son curados por Jesús porque no se acercan, pues los que estamos con Jesús no nos dejamos curar por Él, y los demás no les de ganas de curarse. En el evangelio Jesús pregunta por los demás que fueron curados con aquel que regresa agradecido por ser curado, y es así también en nuestras comunidades, no somos agradecidos con Dios por habernos encontrado, ¡¡¡solo aquel discípulo de Jesús que vive agradecido con Él de haberlo encontrado, de haberlo curado, vive con humildad, con amor su vida cristiana, y a la vez contagia a otros a querer ser curados por Jesús!!! 

Así es hermanos (as), solo si somos agradecidos con Dios de la lepra que ya nos quitó un día que nos encontró, solo cuando aceptamos que somos necesitados de Dios, de nuestros hermanos, que aceptamos nuestras limitaciones, nuestras debilidades, solo cuando reconocemos que somos solo instrumentos de Dios, y no Dios, es cuando somos curados permanentemente de la lepra, solo así podemos seguir a Jesús con paso continuo. Pongamos todo de nuestra parte, no pensemos que Dios habla a los demás y a mi personalmente no, nos habla a todos. Nos recuerda que todos tenemos una lepra: el orgullo, el egoísmo, sentirnos los buenos, los salvados, poderosos, dueños de las cosas de Dios.

Solo cuando nos dejemos curar por Jesús, cuando dejemos de pensar que los demás ("los que no van a la misa, los pecadores, los que están lejos de Dios"), necesitan de medico. Y es que así como los hermanos alejados, como "los que estamos cerca de Jesús", todos necesitamos ser curados por Jesús, pues como dice el mismo Señor, "yo he venido por los pecadores, por que están enfermos", todos somos pecadores, todos estamos enfermos de alguna cosa o de alguna manera.

Cuando reconozcamos nuestra lepra, cuando seamos agradecidos por haber sido curados por Jesús, solo así, el Señor nos dirá como aquel leproso agradecido: "ponte de pié y vete, tu fe te ha salvado". Sigamos pidiendo la humildad, la humildad de María, que todo lo guardaba en el corazón, que siempre vivió agradecida con Dios y por eso "ha mirado la humildad de su esclava".

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

viernes, 12 de abril de 2013

Reflexión del 3er. Domingo de Pascua.



Juan 21, 1-19.
Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No". Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar". Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres?", porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos". Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Él le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas.

Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras". De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme".

La otra pesca milagrosa.

Hoy en el Evangelio se repite el mismo milagro de la pesca milagrosa con la que Jesús llamó algunos de los discípulos, es el mismo mar, la misma circunstancia de tristeza y desamparo por no pescar nada, aparece de nuevo Jesús y no lo conocen como la primera vez, en que a lo mejor Pedro enojado dijo: este pobretón que no sabe nada de pesca viene a enseñarme a mi. Jesús nuevamente con la misma paciencia les dice que hacer, y al repetirse el milagro de la pesca uno de ellos le reconoce y el primero en ir hacia Jesús es Pedro, el renegón, el incrédulo como Tomas, al que le pidió a Jesús que lo salvará porque se hundía, el que le hizo una de las confesiones más memorables a Jesús: “Tu eres el Hijo de Dios”, el que lo negó, al que confirma el mismo Jesús en su amor en este mismo Evangelio.

Si queridos hermanos, el gran mensaje de este domingo es que no importa que grandes sean nuestro pecados, que grandes sean nuestras faltas de amor a Dios y a los hermanos, Dios, el Padre amoroso que revela Jesús siempre tiene paciencia, siempre enseña, siempre hace recuperar el primer amor con el que nos encontramos. La invitación este domingo es a tener la valentía, si estamos emprendiendo un nuevo rumbo en nuestra vida, a permanecer en el amor de Jesús, y si ya he llevado una vida cristiana, como la de aquel Joven rico, pero en los últimos años se me ha ido el animo, el entusiasmo y me he vuelto un poco negativo, recuperemos el primer amor, es decir, recuperemos el mismo entusiasmo con el que fuimos ha encontrarnos con Jesús por primera vez; y por supuesto que no será lo mismo pues hemos madurado ahora más, será como una respuesta más generosa, más consiente, pero con el mismo entusiasmo.

Esta Palabra de Dios nos ayuda a entender que a Dios y a su Hijo Jesús Resucitado, no le interesa la poca fe, la poca entrega, le importa el mucho amor. Por eso en este pasaje Pedro es confirmado tres veces por Jesús con la pregunta: “Simón, Hijo de Juan, ¿me amas?”; esta triple pregunta y la triple respuesta de Pedro: “Señor, tu lo sabes todo, tu bien sabes que te amo”, es la alusión de las tres negaciones de Pedro, como si el Señor estuviera sanando sus heridas, la herida de Pedro de haber negado a su Dios. También nosotros cuantas veces no nos sentimos dignos de acercarnos a Dios con todo el corazón, nos quedamos agazapados en un rincón, como cuando un gato tiene miedo,  pero Él siempre esta esperándonos y el mismo nos hace dignos, quien sobre esta bendita tierra es digno, es perfecto, para acercarse a Dios.

Queridas hermanas y hermanos no tengamos miedo de pescar a la forma de Jesús, y si lo hemos olvidado o si lo hemos dejado de hacer como la primera vez que nos dijo, recuperemos esa primera forma como Jesús nos enseño, no tengamos miedo de acercarnos a Dios, a Jesús, y aunque hayan mucho que no dan buen testimonio, y aunque hayan muchos hermanos que no comprenden su mensaje acerquémonos, pues los que nos estamos perdiendo sus regalos somos nosotros al no acercarnos a Él. Dejemos de lado nuestras malas concepciones de pureza, de dignidad, de perfección, solo Él nos hace puros, solo Él nos hace dignos, solo Él nos hace perfectos. Nos escoge, nos llama, no por ser los mejores, sino por amor, por que nos quiere, solo si descubrimos su amor podremos ser pescadores de hombres en esta sociedad sin sentido, sin valores, sin Dios, aunque andamos todos buscando a Dios.

Jesús nos habla a todos los cristianos “comprometidos”, a todos los bautizados: “apacienta mis ovejas”, no solo Pedro es el encargado de apacentar, también nosotros simples cristianos, hermanos menores, tenemos que apacentar con nuestro ejemplo a otros hermanos que andan perdidos, que otros se sientan contagiados a ser cristianos de verdad. A todos nos dice: “sígueme”, y sígueme por el mismo camino, pues Él es el camino, la verdad y la vida.

¡Con ánimo alegre sigamos a Jesús, pesquemos a su forma, amemos a su manera!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.