sábado, 15 de junio de 2013

Reflexión del 11o. Domingo del Tiempo Ordinario.

Lucas 7, 36 - 8, 3.

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomo consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con las lagrimas le bañaba los pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.

Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “si ese hombre fuera un profeta, sabría que clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”. Entonces Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El fariseo contestó: “dímelo, maestro”. Él le dijo: “dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía 500 denarios y el otro, 50. Como no tenían con que pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?”. Simón le contestó: “supongo que aquel a quien le perdonó más”.

Entonces Jesús le dijo: “Has juzgado bien”. Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿ves a esta mujer? Entre en tu casa y tu no me ofreciste agua para mis pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lagrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies.  Tu no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Luego le dijo a la mujer: “tus pecados te han quedado perdonados”.

Los invitados empezaron a preguntarse a si mismos: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Jesús le dijo a la mujer: “tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Después de esto, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido liberadas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iba María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que lo ayudaban con sus propios bienes.

“Ha amado mucho”

Hola hermanos y hermanas, paz y bien.

Quiero felicitar a todos los papas, a quienes festejamos este domingo. La labor del padre en nuestras familias es de dar a los hijos la parte del vigor en el carácter, el apoyo de su fuerza y su amor, y aunque haya madres que dan a los hijos, no solo la ternura, si no también el vigor del padre, jamás se sustituye el amor, el apoyo y la firmeza del padre. Un abrazo a los padres y a las madres que también han sido padres.

Este domingo, tanto la primera lectura del libro de Samuel como el Evangelio de San Lucas, hablan de la misericordia de Dios.  Dios es nuestro Padre, y Jesús, su Hijo, nos vino a enseñar como era su Padre. Por eso cuando vemos a Jesús actuar es como si el Padre actuará en Él. Por eso les invito a leer este trozo del evangelio en esta perspectiva.

En la primera lectura Dios se da cuenta de las trampas de David, así como cuando un padre de familia descubre algunas fechorías de su hijo. Dios reacciona como un verdadero Padre ante David, pues sabe de que esta hecho, y que a pesar que le ha dado todo puede fallar, es así como reacciona también el padre de familia, más aún es condescendiente porque sabe que él también la a regado cuando era hijo, y a veces ha pasado una situación parecida con su padre. Dios es como un padre comprensivo, un padre que entiende la debilidad del hijo, y que lo ama a pesar de todo. Si por alguna razón nos hace falta nuestro padre, no dudemos de tomar por padre a Dios, que es el mismo Padre de Jesús, de hecho el padre que cada uno tenemos en la tierra es apenas un destello de lo que es Dios para nosotros. ¡Dios es el padre de las misericordias!

En el Evangelio, Jesús, también se comporta como un padre con “la mujer pecadora”, según el fariseo. Mientras los demás hijos etiquetan a los hermanos que se han extraviado, que se han alejado de la casa paterna, el padre (Jesús, quien da a conocer al Padre) tiene gran compasión por la hija que se ha equivocado, tal vez por necesidad, por ignorancia, por lo que sea; pero la perdona y tiene gran amor por ella, y es precisamente al descubrir el gran amor de Dios que la mujer pide perdón no solo con palabras sino con hechos, hasta tal punto que Jesús se admira y le adorna con palabras bellas: “sus pecados le son perdonados porque ha amado mucho”.

Hermanas y hermanos, Jesús, y a la vez el Padre de Jesús, siempre nos esperan a que regresemos a la casa paterna, siempre está Jesús colgado de un madero con los brazos abiertos para esperarnos. Dios es amor, y solo amando a Dios podemos comprender que este es el sentido de la vida, pero nuestro a mor a Dios no solo es vertical, es decir, yo y Dios, sino también con los hermanos porque en ellos encuentro a Dios, en ellos esta Dios. Tomemos conciencia de cuanto no ama Dios particularmente y como Iglesia, convirtamos (volteemos la mirada a Dios) en sus verdaderos seguidores, no como quien sigue a alguien como a escondidas. Amemos a Dios por sobre todas las cosas, no tengamos miedo de acercarnos, pues es mejor que cualquier padre amoroso del mundo y mucho mejor que un padre que no toma la responsabilidad de padre aquí en al tierra.

Jesús se hacía acompañar por pecadores, por los doce y por mujeres, todos personas débiles como nosotros, pero que fueron descubriendo a Dios en la persona de Jesús, a un Dios que los amaba con entrañable amor y ternura, y solo así pudieron hacer de su vida un instrumento de Dios. No tengamos miedo cuando nos sentimos nada ante Dios, cuando nos sentimos los más pecadores como esta mujer, no pensemos que no somos dignos de Dios, pues Dios construye en el desastre, construye desde las ruinas, construye y cuenta con nosotros pobres hombres y mujeres, pues él nos ayuda con su amor, con su gracia, con su paz.

Abramos nuestro corazón al amor, pues solo los que han amado mucho, se les perdonará mucho, recordemos que san Juan en sus cartas dice que “seremos juzgados en el amor”. Amemos con toda la pasión que Dios puso en nosotros, amemos sin prejuicios y libremente, hagamos el amor, no solo en la cama, sino también en el trabajo, en la escuela, en todos los ambientes en que nos desenvolvemos.

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

viernes, 14 de junio de 2013

San Antonio de Padua.

SEGUNDA LECTURA DEL OFICIO DE SAN ANTONIO.

El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo. «La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica.» En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras.


Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir!
Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor-.

Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios uno y trino.

domingo, 9 de junio de 2013

Reflexión del 10mo. Domingo del Tiempo Ordinario

Resucita al hijo de una viuda.
Lucas 7, 11-17.


Después se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de los discípulos y de un gran gentío. Justo cuando se acercaban a las puertas de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. Al verla el Señor sintió compasión y le dijo:
-          No llores.
Se acercó, tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo:
-          Muchacho, yo te lo ordeno, levántate.
El muerto se incorporó y empezó a hablar, Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo:
-          Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo.
La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la región y por Judea.

“…SINTIÓ COMPASIÓN…”

Hola hermanos y hermanas, paz y bien. Espero en Dios que en esta semana les haya ido bien y haya aumentado su fe en Él y en ustedes mismos.

El domingo pasado el tema principal en las lecturas era la fe. La fe de un hombre que quería mucho a su criado pudo hacer que Jesús lo curara. Este domingo pasa algo distinto, por la compasión del corazón de Jesús resucita al hijo de una viuda. Son cosas distintas, pero a la vez los dos milagros nacen del corazón de las personas (del corazón del centurión y del corazón de Jesús).

Este viernes pasado festejamos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y este corazón “es compasivo y misericordioso”, tal como lo dice el trozo del evangelio de hoy. Por compasión Jesús resucita a este joven que era la única esperanza de una viuda, recordemos que en la cultura judía una mujer no valía sin un esposo o, en caso de muerte del marido, del hijo, y si esta mujer estaba perdiendo al hijo, no había ya esperanza para ella, quedaba al amparo de Dios solamente. Y es precisamente con Dios con quien se encuentra, y por eso le restablece la vida al muchacho pero a la vez a la mujer.

Hay que notar varias cosas en este Evangelio, primero que Jesús es la vida, los dos grupos y quienes va a la cabeza, y por último el “levántate” de Jesús.

Jesús es la vida del mundo, esta es una gran verdad. Pues sin él, sin Dios, el hombre y el mundo pierden la vitalidad, la bondad, la generosidad, la gentileza. Nuestra sociedad hoy sufre de la ausencia de Dios y es por esto que tenemos tantos problemas que no hayamos como solucionar. Pero sin duda no hay problema más grande que Dios, que JESÚS, pero necesitamos confiar en él y caer en cuenta que solo con él seremos plenos, tendremos vida. Jesús es quien da vida, y todo lo que es tocado por él es vida, recordemos que en las bodas, convirtió en vino el agua, el vino que es signo de alegría, de vida; también cuando multiplica el pan, signo de vida, pues sin pan no hay vida en el hombre; o cuando resucita a su amigo Lázaro, cuando perdona a la mujer pecadora le da vida, y así todo lo que toca, con los que se relaciona, con los que le toca vivir les da vida. Seria bueno preguntarnos personalmente, ¿Cuánta vida doy a los demás? ¿Soy factor de vida o muerte, de ánimo o desánimo?

Los dos grupos y quien va a la cabeza, es el segundo punto de reflexión. Jesús iba a Naím acompañado de sus discípulos y un gentío, dice el evangelio, y se encuentra con otro grupo acompañando a un muerto rumbo al lugar de los muertos. Como cristianos católicos ¿en que grupo nos encontramos?, sin duda podemos estar en los dos grupos, pues en los dos grupos esta Dios, solo en el de Naím, la cabeza esta muerta. Como creyentes a veces nos pasa que vemos a Dios lejos, que no hay sentido creer en Dios, estamos lejos de Dios por nuestras propias decisiones o por la influencia de otras personas o por el mal testimonio de los demás, sin embargo nuestra fe en Dios esta como ensombrecida por el manto de la muerte, del desanimo, de la negatividad, del orgullo, de nuestro propio egoísmo. Tenemos que ser como el segundo grupo, pero si nos encontramos en el otro grupo, no nos preocupemos pues Jesús va al encuentro del grupo de Naím y resucita a su cabeza, que en realidad es un signo de su propia resurrección. Solo tengamos presente que la respuesta que demos a Dios tenemos que sostenerla cuando todo vaya viento en popa o cuando haya una tormenta que amenace a hundir la barca. Tenemos que estar en el segundo grupo acompañando a los que sufren a los que no tienen esperanza, pero sin perder de vista que Jesús esta con nosotros, pasa muy a menudo que quien acompaña a personas que sufren también se llena de desanimo por que lo contagian, pero nosotros tenemos que tener bien puesta la fe, la esperanza y el amor en Cristo, que vive en medio de nosotros. Como dice san Pablo “¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”.

Otra reflexión puede ir encaminada a la palabra que le dice Jesús al muerto, “levántate”. Y es que nos pasa que las contrariedades, los problemas, los cambios, los malos ratos con algunas personas, las dificultades, nos quitan la alegría, el animo, y parece que andamos como muertos por la vida, caminamos pero no en nuestro crecimiento personal. Somos creyentes tristes, desanimados o a veces negativos. Jesús nos dice a todos, como al muchacho que estaba muerto, “levántate”. Nos dice levántate, hermanos y hermanas, de tu vida que no parece vida, levántate cada día con positivismo y alegría, levántate a hacer cosas nuevas y creativas, levántate y sirve a los demás, pues si sigues en tu egoísmo y en tu “yoyo” te vas a morir de verdad.

Les invito, hermanos y hermanas, a que pongamos nuestra mirada, nuestra fe y nuestra esperanza en Cristo. Solo Él puede darnos vida en abundancia, y cuando nos separamos de él es como si anduviésemos por la vida como muertos. Tengamos la valentía de incorporarnos a la vida de Dios, sin importar los problemas que tengamos, sin importar del mal testimonio de nuestra familia o de los miembros de nuestra comunidad de fe, pues recordemos que todos fallamos a Dios y todos estamos luchando a nuestra forma por ser mejores, y aunque algunos parecieran que no lo están haciendo tengamos la certeza de que va llegar el tiempo en que Dios les confronte y empiecen a ser mejores.

Un abrazo, y ni el hambre, ni la desnudes, ni la cárcel, ni las penas de este mundo, podrán apartarnos del amor de Dios, que nos ha amado primero. No permitamos que estas cosas nos aparten de Dios.

Buen domingo.


Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 2 de junio de 2013

Reflexión del 9no. Domingo del Tiempo Ordinario.

Sana al criado de un oficial romano. Lucas 7, 1-10.


Cuando Jesús terminó de hablar al pueblo, entro en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía a un criado a quien quería mucho, y estaba muy enfermo, apunto de morir. Oyó hablar de Jesús, y envió unos ancianos judíos para rogarle que viniera a sanar a su criado. Los enviados, acercándose a Jesús, le suplicaban con insistencia.

- Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo y ha sido él quien nos ha edificado la sinagoga.

Jesús los acompañó. Estaban ya cerca de la casa cuando el oficial romano envió unos amigos para que le dijeran:

- Señor no te molestes en venir. Yo no soy digno de que entres en mi casa, por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a ti; pero basta una palabra tuya, para que mi criado quede sano. Porque yo, que no soy más que un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y si digo a uno de ellos: “ve”, él va; y a otro: “ven”, él viene; y a mi criado: “Haz esto”, él lo hace.

Al oír esto Jesús, quedo admirado y, dirigiéndose a la gente que lo seguía, dijo:

- Les digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.

Y cuando regresaron a casa, los enviados encontraron sano al criado.

“…una fe tan grande.”

Hola hermanos y hermanas, paz y bien.

El evangelio este domingo nos habla de la fe. La fe que es una virtud teologal, es decir, nos es dada por Dios por medio del bautismo, junto con la esperanza y la caridad. Nosotros usamos en el lenguaje ordinario: “creo que si”, refiriéndonos a una posibilidad, no a una certeza. Es como decir, “tal vez si o tal vez no”.

Pero la fe, es más que una posibilidad. Es la absoluta certeza en alguien o en algo. En nuestra vida ordinaria necesitamos fe para todo, por ejemplo para emprender algo nuevo, necesitamos fe en nosotros mismos, en las personas, en los acontecimientos para poder lograrlo. Sin fe no podemos hacer nada, cuando una persona dice: “no puedo”, no va a poder por más que trate, pues la fe también es una actitud y un estado mental de la persona y cuando esta es negativa, no puede realizar lo que se ha propuesto por no creer que puede hacerlo.

También nos pasa esto con las personas que nos rodean. Nunca hay que influir negativamente en los niños, en los jóvenes, cuando quieren emprender algo nuevo, diciéndoles que no van a poder, porque cuando sean adultos, serán personas inseguras, que no confían en si mismos, o personas negativas o faltas de autoestima. Al contrario, siempre hay que animarlos a que hagan cosas nuevas, que se aventuren y se lancen a realizar sus sueños, pues esto ayudará a que sean personas maduras, seguras de si mismas. Muchas personas viven hoy como un animal agazapado que tiene miedo de todo, como estancados en su vida por que no tienen el coraje y el arrojo de hacer algo nuevo por los demás y a la vez por si mismo, y esto por que les falta fe en si mismos o en los demás. No faltan, hermanos y hermanas, en los grupos de nuestra parroquias con actitud negativa y sin ganas de luchar o seguir, que siempre que se quiere emprender algo nuevo dicen: "es que no se va a poder", "no es posible".

Pero si esto de no tener fe en nosotros o en los demás es grave, no creerle a Dios o no creer en Dios es como estar muerto en vida. Hay muchos que dicen no creer en Dios, o si creen en Dios pero no en la Iglesia, o tienen una fe natural, es decir, creen en un ser que lo ha creado todo, un ser trascendente, absoluto, etc. Sin embargo todos los seres humanos tenemos que creer en algo o en alguien, pues sino no podemos subsistir. Necesitamos creer, para estar seguros, necesitamos tener puesta nuestra confianza en algo o alguien para poder vivir, por desgracia el ser humano moderno hace dioses de todo, del dinero, del placer, las posesiones, el poder, el ser importante. Pero estos son dioses vacíos, que no llenan por más que uno confíe en ellos; en cambio Dios, Jesús, el Espíritu de Amor es un Dios que llena por entero en la sencillez, en la humildad, en el amor a los demás, y entonces nos sentimos plenos, llenos.

Si hermanos y hermanas no nos engañemos pensando que en los dioses que hacemos encontramos la felicidad, la plenitud, la paz, solo en Dios que se da sin esperar nada a cambio es donde encontramos nuestra paz, nuestra felicidad, nuestra plenitud. Pero necesitamos creer en Él para que posamos realizar el amor en medio de este mundo que no quiere amar, que no quiere amor, y que no reconoce a Dios como el Único Bien que puede llenarnos, esto es, vivir la fe amando y dejándose amar con la esperanza de un nuevo cielo, algo así como dice el oficial romano del Evangelio, solo necesitamos “una palabra de Jesús”, y entonces nosotros y todos los hombres quedarán sanos del egoísmo, del materialismo, del poder, del placer desmedido, de la explotación esclavizante.

Pidamos en nuestra oración en este domingo que Dios aumente nuestra fe, primero en Él, que es la fuente, y después en nosotros, en los hermanos y en todas las cosas que vamos realizando en el camino de la vida. No tengamos miedo de creer, de confiar, de adherirnos a Dios, pues aunque los seres humanos esclavizamos o sometemos cuando creen o confían en nosotros, Dios es el único que no falla, es el único que se mantiene fiel, no esclaviza ni somete de forma humillante.

Pidamos que con “una sola palabra suya” nos sane de nuestra mala fe, de nuestra indiferencia, de nuestra desidia, de la negatividad. Y tengamos una fe activa, que se aventura a lo nuevo, que cree aún que todo se vea perdido. Pidamos esta “fe tan grande” como la del oficial romano, para que Jesús haga como dijo María, “cosas grandes por mi”.

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

jueves, 30 de mayo de 2013

Reflexión de "Corpus et sanguis Christi"

Lucas 9, 11-17.

En aquel tiempo, Jesús habló del Reino de Dios a la multitud y curó a los enfermos.

Cuando caía la tarde, los apóstoles se acercaron a decirle: “despide a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en despoblado”. El les contesto: “denles ustedes de comer”. Pero ellos replicaron: “no tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”. Eran como cinco mil varones.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “hagan que se sienten en grupos de cincuenta”. Así lo hicieron, y todos se sentaron. Después Jesús tomo en sus manos los cinco panes y los dos pescados, y levantando su mirada al cielo, pronunció sobre ellos una oración de acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos para que ellos los distribuyesen a la gente.

Comieron todos y se saciaron, y de lo que sobró se llenaron doce canastos.

¿EL CUERPO DE CRISTO?

Hoy celebramos una de las fiestas en la Iglesia, con más sentido para la misma Iglesia. Pero como pasa con muchas cosas de Dios queda ensombrecida con discursos u homilías piadosas que no tienen nada que ver con lo esencial de la celebración, que es que la Iglesia somos todos los bautizados, y que por medio de la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos convertimos en su cuerpo místico, es decir, en un reflejo de su cuerpo, nosotros el cuerpo y Él la cabeza.

El concilio Vaticano II dio una nueva interpretación de la Iglesia que se percibía como una estructura bien diseñada, como una jerarquía, como una estructura piramidal, donde en lo más alto estaban los jerarcas, después los sacerdotes y religiosos, y por último la muchedumbre de los fieles. Hoy es distinto, por lo menos en el papel, pues en los documentos conciliares se nos da una nueva visión de la Iglesia, que muchos estudiosos dicen que no hemos puesto en practica al 100 %. Y una de estas visiones es la de “cuerpo de Cristo”, es sobre esto que quiero ahondar.

Si la Iglesia es el “cuerpo de Cristo” como afirman los textos del concilio, ¿porque seguimos pensando que las cabezas de la Iglesia son los jerarcas, los sacerdotes, los “señores de este mundo”? ¿Por qué en la práctica seguimos viendo a la jerarquía como la cabeza del “cuerpo de Cristo”? la respuesta es sencilla, porque la cabeza visible del “Cuerpo del Señor” que es la Iglesia, en realidad, son el Papa, los Obispos, los Sacerdotes, los Diáconos, sin embargo se nos olvida que la cabeza visible e invisible del “cuerpo” es Cristo. Desde todos los tiempos la Iglesia es “cuerpo de Cristo” con su cabeza Cristo el Señor, por lo tanto los que vemos como señores, lo son por este momento, mientras que Jesús es el Señor del tiempo. Todos estamos llamados (señores y bautizados en general) a dar de comer a todos, como dice el Evangelio, el mundo vivé en hambre de Dios, de amor, de justicia y no hay quien les dé de comer. Se nos ha olvidado que estamos llamados a dar, a servir, a alimentar. Como “cuerpo” demos el “Cuerpo del Cristo” con nuestro ejemplo antes que sacramentalmente, para que cuando lo recibamos sacramentalmente todos seamos “uno”.

Queridos hermanos y hermanas, si somos un “cuerpo”, como Iglesia, entonces lo que hagamos, bueno o malo, repercutirá en todo el cuerpo. Si se enferma el riñón, todo el cuerpo se enferma, si hay una herida en el pie todo el cuerpo siente, así como cuando un órgano siente un placer lo siente todo el cuerpo. Somos “uno” en el cuerpo de Cristo, queramos o no influimos de manera positiva o negativa en él, seamos consientes de que forma queremos influir.

Si somos un cuerpo, el cuerpo siempre obedece lo que dice la cabeza. Y obedecer no es sometimiento pasivo, es una decisión activa que hacemos cuando creemos en Cristo, cuando confiamos en Él, de él podemos estar seguros que no nos defraudará, que no esclavizará, que no nos humillará, que siempre nos amará. Lo difícil empieza cuando obedecemos a las cabezas visibles, que el mismo Dios pone, pues somos humanos todos, que podemos corrompernos con el poder, el placer y el tener, y podemos aprovecharnos de los demás o ser dominadores. Sin embargo si nos sometemos a la obediencia de los “señores del momento” nos sometemos a Dios, pues Dios obra con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, es decir, al que obedecemos, al final de los casos, es a Dios, aunque las cabezas piensen que tienen el poder, el único que lo tiene para siempre es Dios, y nuestro Dios es el único justo.
Cada uno en la Iglesia es también “cuerpo del Señor”. Por eso si ese cuerpo no anda bien nos sentimos como enfermos, desanimados, enojados, sin sentido, en una palabra “tibios”. Y somos “cuerpo de Cristo” porque cada vez que comulgamos Jesús-Dios nos hace como Él, cada vez que comulgamos Él hace cumplir su misma palabra: “que todos sean uno como tu y yo somos uno”, sin embargo esta palabra se cumple a medias, no por responsabilidad de Dios, sino por nuestra responsabilidad. No podemos llamarnos verdaderos cristianos si no procuramos cada día ser uno con Dios y los hermanos, podemos comulgar el Cuerpo de Cristo, pero no hacer el “cuerpo de Cristo”.

Hermanos y hermanas, creo que es tiempo de hacer un examen de conciencia personal, comunitaria, global, social y estructural, para que podamos avanzar con decisión hacia Dios, pero como Iglesia-asamblea de Dios, pues Dios nos llama como fraternidad, no como islas. No debemos desanimarnos, antes bien hay que anunciar y denunciar con valentía que el Cuerpo de Cristo que celebramos y comulgamos en la Misa esta vivo entre nosotros, que nos une en un mismo espíritu con Dios-Trinidad. Solo con esta conciencia, con este empeño podrá crecer el número de los verdaderos “creyentes” en Jesús.

¡Animo! Sigamos caminando, pues nuestra vida es un camino de retorno a Dios, pues de Dios salimos y a Él volvemos, así como el Hijo Prodigo.


Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

sábado, 25 de mayo de 2013

Reflexión del Domingo de la Santísima Trinidad.


LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

Juan 16, 12-15.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. Él me glorificará, por que primero recibirá de mí lo que vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.



DIOS ES COMUNIDAD.

Hola hermanos y hermanas, Paz y bien.

La semana pasada estuve, gracias a Dios, en Monterrey acompañando a los hermanos del Convento San Pio de Pietrelcina en un momento histórico, no solo para la fraternidad de Monterrey, para toda nuestra Custodia de Capuchinos en el Norte de México, recibimos una nueva parroquia en esa Diócesis, que lleva el nombre de la fiesta que celebramos hoy, Santísima Trinidad, así que un abrazo a su párroco, Fray Carlos Silva, y a todos los fieles que pertenecen a esta porción del rebaño de Dios por allá.

Pero la solemnidad que hoy celebramos tiene más significado porque siempre la Santísima Trinidad esta presente en nuestras vidas, aunque no estemos del todo consientes de esto, es verdad. Por ejemplo, cuando pasamos por un templo de seguro que nos persignamos diciendo: “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”, cuando vamos a iniciar nuestro día hacemos lo mismo, y si asistimos a la Misa, pues más aún, porque iniciamos con la Santísima Trinidad y terminamos con la bendición de la Trinidad Santa. Pero hay una forma más palpable en que podemos vivenciar la Santísima Trinidad, cuando nos llevamos bien con los vecinos, con los compañeros de trabajo o de la escuela, cuando hacemos lo posible por ser positivos y alegres con los que nos rodean estamos haciendo presente la Trinidad. Pues el Padre y el Hijo, junto con el Espíritu Santo (que es amor) son una comunidad perfecta y ellos, las tres personas de la Trinidad, son ejemplo de toda comunidad humana. El Padre y el Hijo tiene una perfecta relación, por el Espíritu Santo (amor) que los une, y si tienen una perfecta relación significa que están en perfecta comunicación, en perfecta unión, en perfecta armonía.

A veces vivimos en medio de muchos problemas, de pareja, en el trabajo, en la comunidad de la parroquia, en los grupos políticos, etc. Y la raíz de los problemas es la comunicación, pues aunque vivimos en la era de las comunicaciones, es un reto comunicarse efectiva, afectiva y asertivamente, podemos tener muchos amigos en el internet, pero con los que estamos siempre, con los hermanos más próximos (prójimos) no tenemos buena comunicación. Tenemos miedo de comunicarnos, pues esto supone salir de nuestro “yo”, de nuestro “egoísmo”, para ir al encuentro del otro, muchos hermanos prefieren vivir en la indiferencia o siempre peleando porque no quieren dialogar, pues el dialogo implica encontronazos, implica tiempo, implica ponerse de acuerdo, y eso no nos gusta a muchos, sin embargo, hermanos y hermanas, esto es lo que necesitamos.

Celebrar esta fiesta de la Santísima Trinidad significa, vivir en esta plena relación, en esta plena armonía, es esta unión perfecta, esta comunicación. Hoy a los católicos y cristianos no nos creen precisamente por que nos ven divididos, nos ven peleando, nos ven que no nos ponemos de acuerdo. El ejemplo de Dios Trinidad, es que son uno, que se comunican y se aman con un solo corazón y una sola alma. Los cristianos, dice san Juan, los conocerán porque son unidos, por que son amorosos. Una vez decía el gran Gandi: “yo creo en Jesucristo, pero no en los cristianos”, y tenía toda la razón, pues pareciera que no seguimos a un Dios que es comunidad y comunidad unida en el amor, comunidad que se ama aun con sus diferencias, comunidad que tiene retos y vive en la alegría.

Tenemos que dar un claro mensaje pues el que damos, muchas veces, es de división, de pleitos, de desconfianza. Recordemos que somos siempre, como los niños, aprendemos mucho más con el ejemplo que con las palabras. Seamos valientes en vencer al diablo (división) para que podamos construir de verdad la Iglesia, el Reino de Dios, el cielo en la tierra, y hacer presente la Santísima Trinidad. Todos nuestros ambientes necesitan este testimonio claro, este testimonio valeroso, este testimonio que se convierta en vida para todas las comunidades humanas. Estamos hechos para vivir en comunidad, en fraternidad, no solos. No tengamos miedo de relacionarnos, pues tenemos un Dios que es relación, que es comunidad, que es amor.

Felicidades de nuevo a la Parroquia de la Santísima Trinidad, y les deseo “que todos sean uno…, para que el mundo crea” en Jesucristo nuestro Señor. Y si hay problemas, hay que pedir al Espíritu Santo que nos lo enseñe todo, que nos enseñe como se ama el Padre y el Hijo, para que nos enseñe lo que Cristo vivió en la tierra y quiere que vivamos nosotros para ser plenos.

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

sábado, 18 de mayo de 2013

Reflexión del Domingo de Pentecostés.


Juan 20, 19-23.

Al anochecer del día de la Resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos  por miedo a los judíos  se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "la paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo: "la paz este con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Después de decir esto, soplo sobre ellos y les dijo: "reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedaran perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedaran si perdonar".