sábado, 2 de marzo de 2013

Reflexión del I Domingo de Cuaresma


Somos “lo que somos ante Dios, y nada más”
Lc 4, 1-13. Las tentaciones.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: "Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan". Pero Jesús le respondió: "Dice la Escritura:
El hombre no vive solamente de pan".
Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: "Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá". Pero Jesús le respondió: "Está escrito:
Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito:
Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.
Y también:
Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Pero Jesús le respondió: "Está escrito:
No tentarás al Señor, tu Dios".
Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

Sin duda estas tres grandes tentaciones son las madres de todas las demás (placer, tener y poder), Jesús las enfrenta con gran inteligencia, así como es el autor de estas tentaciones, pero quisiera diferenciar la tentación del pecado.

Una tentación es una ocasión que se me presenta para pecar, y pecar es una ofensa a Dios y por medio de la cual nos alejamos de Él. De tal forma que la tentación antecede al pecado, para que algo se pueda considerar pecado es necesario: materia grave (la cual ofrece la tentación), deliberado consentimiento y pleno conocimiento de que se trata de una falta. Cuando tenemos tentaciones es importante vencerlas, mientras hacemos esto, como lo hizo Jesús en este pasaje de la Escritura, no hay pecado que confesar y perdonar.

“Somos simples mortales”, esta es la primera verdad que debemos de considerar de nosotros mismo, por lo que no tenemos que probar a nadie de lo que somos capaces, cuando alguien nos reta a probar algo que según somos, estamos en la misma circunstancia de Jesús. El demonio (diablo, satán o como le queramos llamar, significa el que tentador, el que divide, el que pone en duda) toma cuerpo en un amigo, de una circunstancia, de un problema, de alguna persona incluso que queremos mucho, nos reta a probar algo que parece licito, en cuanto al placer, al tener y al poder, veamos ejemplos concretos.

Alguien puede decirle a un hombre o una mujer desesperados porque no funciona su matrimonio, pues mira búscate otro compañero y se feliz, o simplemente ten otra relación alternativa; o algún religioso que esta en crisis por la soledad, que es parte de su vida, de repente aparece en su vida una mujer que sufre, que tiene muchos problemas y en el afán de ayudarle se engancha en una relación que mina su vocación. Estas son tentaciones, es decir, oportunidades que se presentan para no hacer lo correcto, lo bueno, lo que agrada a Dios. Sin embargo tenemos una capacidad que se llama voluntad, es decir, la capacidad que Dios da a cada hombre o mujer para decidir el bien. Sin embargo muchas veces esta capacidad esta inclinada y habituada a hacer el mal, es decir, es una voluntad atrofiada, sólo se desatrofia cuando desde lo profundo del ser humano se deja escuchar la voz de Dios.

Hermanos, hermanas, en este tiempo de cuaresma escuchemos la voz de Jesús que nos dice en nuestro interior, las misma palabras contra las tentaciones del demonio: cuando vienen a nosotros placeres ilícitos, “El hombre no vive solamente de pan”; cuando queremos ponernos o poner otras cosas como dios, Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”; y cuando pensamos que lo tenemos todo, y hasta Dios como sirviente, “No tentarás al Señor, tu Dios". En esta cuaresma que iniciamos, escuchemos a Jesús que nos repite estas palabras, escuchemos a Dios en lo profundo de nuestro ser, no acallemos la voz de Dios. Y cuando llegue el tiempo de pascua, ya estemos diestros para escuchar, atender y aceptar al mismo Creador de todo, Muerto por amor y Resucitado por la fuerza de este mismo amor. Ha esto queremos llegar a la Pascua, es decir, pasar del hombre o mujer que soy a un hombre o mujer renovada, pasar de un hombre o mujer gruñona a un hombre o mujer nueva, alegre, que se apasiona por vivir.
No tenemos que demostrar a nadie lo que somos, solo tenemos que vivir con intensidad para lo que fuimos hechos, es decir, para amar, para servir, y solo así podremos ser importantes como Jesús. Jesús es importante, y todos los hombres lo recuerdan, no porque haya vivido como rey, sino porque renuncio a ser como los reyes de su tiempo, importante, a servir y no ser servido, a ser pobre para enriquecernos con su pobreza, a amar sin reservas a todos, esto es lo que prometimos el día de nuestro bautismo y más aún el día de nuestra profesión u ordenación como consagrados de Dios.
Termino con san Francisco, que decía: aunque fueses tan agudo y sabio que tuvieses toda la ciencia (cf. 1Cor 13,2) y supieses interpretar toda clase de lenguas (cf. 1Cor 12,28) y escudriñar agudamente las cosas celestiales, no puedes gloriarte de ninguna de estas cosas; pues un solo demonio sabía de las cosas celestiales, y sabe ahora de las terrenas más que todos los hombres, aunque hubiera alguno que recibiera del Señor un conocimiento es­pecial de la suma sabiduría. Asimismo, aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas que pusieses en fuga a los demonios, todas estas cosas te son perjudiciales, y nada de ello te pertenece y de ninguna de ellas te puedes gloriar. Por el contrario, es en esto en lo que podemos gloriarnos: en nuestras flaquezas (cf. 2Cor 12,5) y en llevar a cuestas diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27). No tenemos que enorgullecernos de nada, no caigamos en esta tentación, pues todo viene de Dios, solo lo que es nuestro, según san Francisco, son nuestras flaquezas y llevar la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. No tenemos que demostrar a nadie lo que somos, pues somos -como dice el mismos santo de Asís-  “lo que somos ante Dios, y nada más”.
Digamos como en el Padrenuestro: …no nos dejes caer en al tentación…
Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Reflexión sobre la renuncia de BENEDICTO XVI.


Así de sencillo.


El Papa renunció a una vida normal. Renunció a tener una esposa. Renunció a tener hijos. Renunció a ganar un sueldo. Renunció a la mediocridad. Renunció a las horas de sueño, por las horas de estudio. Renunció a ser un cura más, pero también renunció a ser un cura especial. Renunció a llenar su cabeza de cosas vanas, para llenarla de teología. Renunció a llorar en los brazos de sus padres. Renunció a teniendo 85 años, estar jubilado, disfrutando a sus nietos en la comodidad de su hogar y el calor de una fogata. Renunció a disfrutar su país. Renunció a tomarse días libres. Renunció a su vanidad. Renunció a defenderse contra los que lo atacaban. Vaya, me queda claro, que el Papa fue un tipo apegado a la renuncia.

Y hoy, me lo vuelve a demostrar. Un Papa que renuncia a su pontificado cuando sabe que la Iglesia no está en sus manos, sino en la de algo o alguien mayor, me parece un Papa sabio. Nadie es más grande que la Iglesia. Ni el Papa, ni sus sacerdotes, ni sus laicos, ni los casos de pederastia, ni los casos de misericordia. Nadie es más que ella. Pero ser Papa a estas alturas del mundo, es un acto de heroísmo (de esos que se hacen a diario en mi país y nadie nota). Recuerdo sin duda, las historias del primer Papa. Un tal..Pedro. ¿Cómo murió? Si, en una cruz, crucificado igual que a su maestro, pero de cabeza. Hoy en día, Ratzinger se despide igual. Crucificado por los medios de comunicación, crucificado por la opinión pública y crucificado por sus mismos hermanos católicos. Crucificado a la sombra de alguien más carismático. Crucificado en la humildad, esa que duele tanto entender. Es un mártir contemporáneo, de esos a los que se les pueden inventar historias, a esos de los que se les puede calumniar, a esos de los que se les puede acusar, y no responde. Y cuando responde, lo único que hace es pedir perdón. ‘Pido perdón por mis defectos’. Ni más, ni menos. Que pantalones, que clase de ser humano. Podría yo ser mormón, ateo, homosexual y abortista, pero ver a un tipo, del que se dicen tantas cosas, del que se burla tanta gente, y que responda así..ese tipo de personas, ya no se ven en nuestro mundo.

Vivo en un mundo donde es chistoso burlarse del Papa, pero pecado mortal burlarse de un homosexual (y además ser tachado de paso como mocho, intolerante, fascista, derechista y nazi). Vivo en un mundo donde la hipocresía alimenta las almas de todos nosotros. Donde podemos juzgar a un tipo de 85 años que quiere lo mejor para la Institución que representa, pero le damos con todo porque “¿con qué derecho renuncia?”. Claro, porque en el mundo NADIE renuncia a nada. A nadie le da flojera ir a la escuela. A nadie le da flojera ir a trabajar. Vivo en un mundo donde todos los señores de 85 años están activos y trabajando (sin ganar dinero) y ayudan a las masas. Si, claro.

Pues ahora sé Señor Ratzinger, que vivo en un mundo que lo va a extrañar. En un mundo que no leyó sus libros, ni sus encíclicas, pero que en 50 años recordará cómo, con un simple gesto de humildad, un hombre fue Papa, y cuando vio que había algo mejor en el horizonte, decidió apartarse por amor a su Iglesia. Va a morir tranquilo señor Ratzinger. Sin homenajes pomposos, sin un cuerpo exhibido en San Pedro, sin miles llorándole aguardando a que la luz de su cuarto sea apagada. Va a morir, como vivió aún siendo Papa: humilde.

Benedicto XVI, muchas gracias por renunciar.