domingo, 20 de octubre de 2013

Homilía DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES.


Del Santo Evangelio según San Marcos, 16. 15-20.

Y les dijo:

—Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad. Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará. A los creyentes acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos y se sanarán.

El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la palabra con las señales que la acompañaban.


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"Oportet Illum Regnare" 

"Es preciso que Él reine" 1 Cor 15, 25.

Hola hermanos (as) paz y bien:

Hoy es el domingo mundial de las misiones, y es bueno reflexionar sobre el tema de la misión, al mismo tiempo recordar que por el bautismos fuimos hechos todos misioneros, enviados a evangelizar con nuestra vida a todos los hombres y mujeres sin excepción.

Con la frase de San Pablo, quiero iniciar reflexionando que la misión de todo cristiano y de toda la Iglesia tiene como fin al mismo Jesucristo, pues el mensaje de todo misionero es el Evangelio y el Evangelio es Cristo, la finalidad o el objetivo de la misión es que "Cristo Reine", reine en todos los ambientes de nuestra vida, reine en un mundo que solo sabe de guerras, conflictos, corrupción, violencia, dinero, materialismo. Es necesario y urgente que nosotros, todos los bautizados, tomemos conciencia de nuestra misión, pues estamos como dormidos, o nos sentimos los "buenazos" o excluimos a los que nos parecen malos, ¿acaso Cristo vino por los buenos, los justos, por los acomodados?

Es interesante notar en esta parte del Evangelio, como la insistencia primera de Jesús es que vayamos por el mundo anunciando, "proclamando la Buena Noticia". Pero nos hemos olvidado que se anuncia y se proclama mejor con la propia vida que con las palabras, pues así como nos fijamos más de las cosas malas o de los errores que hace el otro, así también nos fijamos más de las cosas buenas que hace el otro, es con el ejemplo, con la propia vida que contagiamos a otros hermanos a vivir en la alegría del encuentro con Jesús. 

Todo inicia con la fe, pero no hay fe si no hay quien anuncie la fe en Cristo con la propia vida, y no hay quien anuncie sino es enviado. Esta es la idea principal de San Pablo en la segunda lectura de hoy, cada uno como bautizado es misionero, es decir, mensajero, enviado por el mismo Dios a anunciar y contagiar la alegría de encontrarse con Dios, tanto en los hermanos, en los acontecimientos de la vida, como cuando nos encontramos cara a cara con Dios en los sacramentos y sobre todo en el sacramento de la Eucaristía. Pero aveces por tantas preocupaciones, por nuestras frustraciones, por que no seguimos a Jesús con sinceridad, no contagiamos esta alegría, somos "cristianos de plástico", "cristianos desechables", la alegría del encuentro con Cristo, con Dios (si es que ya la tuvimos), nos dura solo un momento, nos dura mientras estamos emocionados, mientras estamos en frente de la gente, nuestra alegría es pasajera, pues cuando estamos con los hermanos más próximos (prójimos), con los hermanos del diario, parecemos como los zombies; caminamos y hablamos como vivos-muertos, muertos en vida, y alguien zombie no contagia más que muerte, flojera, hastío.

Aveces pensamos que un misionero es solo un hermano o hermana que viene o va a un país lejano "a proclamar la Buena Noticia", pero nos olvidamos que nosotros, todos los bautizados somos misioneros. De nada sirve ir a un país lejano, a un país diferente al tuyo sino contagias la alegría de ser de Dios, sino te adecuas o si no te abres a la cultura donde estas contagiando esta alegría no sirve de nada. Si hermanos y hermanas, lo más importante es contagiar la alegría de pertenecer a Dios, desde el bautismo "somos del Señor, en la vida y en la muerte somos del Señor" dice san Pablo, esta es la alegría que tenemos que anunciar con la vida. 

Seamos creativos, valeroso, entusiastas en contagiar, cada uno como es, la alegría del Evangelio, para que muchos vivan por el Evangelio de la vida. 


¡¡¡Sea alabado Jesucristo!!!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

sábado, 12 de octubre de 2013

Homilía del 28° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del Evangelio según San Lucas 17, 11-19.


Yendo él de camino hacia Jerusalén, atravesaba Galilea y Samaría. Al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia y alzando la voz, dijeron:
—Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

Al verlos, les dijo:
—Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban, quedaron sanos. 

Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Era samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:
—¿No recobraron la salud los diez? ¿Ninguno volvió a dar gloria a Dios, sino este extranjero?

Y le dijo:
—Ponte de pié y vete, tu fe te ha salvado.



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¿De qué lepra tenemos que sanarnos? 
¿Qué agradecer a Dios?

Paz y bien, hermanos (as).

Esta semana nos juntamos los padres del decanato y siempre es una buena experiencia reunirnos, juntarnos, compartir la Palabra de Dios. Pero pienso que nos quedamos en lo que le dice la Palabra de Dios a los fieles a los que le dirigiremos la homilía, y nos olvidamos que la Palabra también nos habla a nosotros personalmente, y a cada uno le dice algo sobre su vida, exige una conversión humilde, reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestras faltas. Por eso quiero dirigir la mirada a las lepras que nos aquejan a los que formamos las comunidades, aunque se ve claramente que el tema de fondo es el agradecimiento.

Sin duda alguna que Jesús, al encontrarnos, al llamarnos a su servicio, ya sea como laico comprometido, como matrimonio, como joven en el coro, en cualquier grupo de la parroquia, como diácono, como sacerdote, obispo y hasta Papa, nos sano de alguna lepra. Por ejemplo, nos sano de la lepra del desanimo, del pecado, de la ignorancia, del mal camino por donde avanzabamos, de tantas cosas que hacíamos por no conocer el amor de Dios. Después con el tiempo que fuimos conociéndolo, amándolo, sirviéndolo en los hermanos, fuimos también llenándonos de nuevas lepras, y nos podemos preguntar, ¿como que nos llenamos de nuevas lepras, aunque estemos con Jesús, en su camino, en su Iglesia, sirviendo a los hermanos? y la respuesta es sencilla, pues como seres humanos estamos inclinados a separarnos de Jesús, de su amor, de sus mandatos (ha esto le llamamos pecado), y aunque no pareciera nos vamos haciendo, por la rutina, orgullosos, poderosos, arrogantes, incluso pensamos que ya estamos salvados por el hecho de estar donde estamos, en la casa de Dios, sirviéndolo, de encargados de algo. Esta es la lepra que nos aqueja en muchos de nuestros grupos de Iglesia, en muchos de nuestros ambientes, pensamos en los leprosos de nuestro tiempo (los enfermos de sida, los gays, los ancianos, los jóvenes) pero no vemos que los leprosos del alma, los leprosos que necesitamos cada día de la curación de Jesús somos nosotros, los que según estamos más cerca de Jesús.

Somos buenos para identificar o decir, quienes son los leprosos de nuestro tiempo, quienes son los que no aceptan a Jesús, pero no nos preguntamos si nosotros ya lo aceptamos de verdad. Muchos de nuestros hermanos no son curados por Jesús porque no se acercan, pues los que estamos con Jesús no nos dejamos curar por Él, y los demás no les de ganas de curarse. En el evangelio Jesús pregunta por los demás que fueron curados con aquel que regresa agradecido por ser curado, y es así también en nuestras comunidades, no somos agradecidos con Dios por habernos encontrado, ¡¡¡solo aquel discípulo de Jesús que vive agradecido con Él de haberlo encontrado, de haberlo curado, vive con humildad, con amor su vida cristiana, y a la vez contagia a otros a querer ser curados por Jesús!!! 

Así es hermanos (as), solo si somos agradecidos con Dios de la lepra que ya nos quitó un día que nos encontró, solo cuando aceptamos que somos necesitados de Dios, de nuestros hermanos, que aceptamos nuestras limitaciones, nuestras debilidades, solo cuando reconocemos que somos solo instrumentos de Dios, y no Dios, es cuando somos curados permanentemente de la lepra, solo así podemos seguir a Jesús con paso continuo. Pongamos todo de nuestra parte, no pensemos que Dios habla a los demás y a mi personalmente no, nos habla a todos. Nos recuerda que todos tenemos una lepra: el orgullo, el egoísmo, sentirnos los buenos, los salvados, poderosos, dueños de las cosas de Dios.

Solo cuando nos dejemos curar por Jesús, cuando dejemos de pensar que los demás ("los que no van a la misa, los pecadores, los que están lejos de Dios"), necesitan de medico. Y es que así como los hermanos alejados, como "los que estamos cerca de Jesús", todos necesitamos ser curados por Jesús, pues como dice el mismo Señor, "yo he venido por los pecadores, por que están enfermos", todos somos pecadores, todos estamos enfermos de alguna cosa o de alguna manera.

Cuando reconozcamos nuestra lepra, cuando seamos agradecidos por haber sido curados por Jesús, solo así, el Señor nos dirá como aquel leproso agradecido: "ponte de pié y vete, tu fe te ha salvado". Sigamos pidiendo la humildad, la humildad de María, que todo lo guardaba en el corazón, que siempre vivió agradecida con Dios y por eso "ha mirado la humildad de su esclava".

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 6 de octubre de 2013

Homilía 27° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del santo Evangelio según San Lucas. 17, 5-10.

Los apóstoles dijeron al Señor:

—Auméntanos la fe. 



Señor dijo:

—Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a [esta] morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería.

Supongamos que uno de ustedes tiene un sirviente arando o cuidando los animales, cuando éste vuelva del campo, ¿le dirá que pase en seguida y se ponga a la mesa? No le dirá, más bien: prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú. ¿Tendrá aquel señor que agradecer al sirviente que haya hecho lo mandado? Así también ustedes: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber.

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¿Que es la FE?

Hola hermanos (as), paz y bien.


Estamos en el año de la fe y a lo mejor no sabemos que es la fe. En este domingo Jesús habla de este regalo que Dios nos dio ya desde el seno materno, explica que es la fe y nos invita, nos anima a que no la perdamos, mas bien, que pidamos a Dios que la aumente.

Jesús después de darnos a entender, con muchas parábolas, cuan grande es la misericordia de Dios y de no olvidar que el centro de la vida no es el dinero y las riquezas, sino los hermanos y hermanas que nos necesitan, ahora habla de la fe, pues el evangelio del otro domingo nos hablaba de que Jesús subía a Jerusalén para morir, Jesús lo sabia, y quiso enfrentar. En este trozo del Evangelio de Lucas son los apóstoles que le dicen a Jesús: "auméntanos la fe". Algunos estudiosos de la Biblia dicen que los apóstoles no entendían lo que pasaría en Jerusalén (la muerte de Jesús), pero si entendían que iba a ser algo muy difícil, complicado, incluso violento, pues algunos pensaban que Jesús se iba a levantar en armas contra los que dominaban al pueblo de Israel, los Romanos. Nunca se imaginaron que Jesús iba a padecer de forma pasiva y con su muerte nos enseñaría que la paz, la fe, los dones verdaderos solo se obtienen siendo humildes, no respondiendo a la violencia con la violencia. 



Por esto los apóstoles le piden a Jesús que aumente su fe. Jesús les dice que si ellos tuvieran fe como un granito de mostaza podrían hacer milagros. Pero ¿qué es la fe? La fe, hermanos y hermanas, es la certeza, la confianza que tenemos en algo o en alguien de que va a cumplir con nuestra expectativa, por eso cuando confiamos en una persona, en sus habilidades para realizar alguna cosa en nuestro favor o en el de los demás, decimos: "yo tengo fe que lo podrá realizar", es por eso que cuando pasa algo extraordinario y no encontramos explicación, decimos es un milagro, pero los milagros se dan gracias a la fe de las personas, incluso otras personas se pueden aprovechar de nosotros, cuando alguien nos promete que nos dirá nuestro futuro, que nos dirá si nos engañan o no las personas que más queremos, no es que ellos tengan un poder, sino que nosotros le otorgamos nuestra fe, nuestra confianza y lo que nos dicen lo tomamos como verdadero. 


Como cambiarían nuestras vidas si confiáramos, si tuviéramos más fe en nosotros mismos, en los que nos rodean y amamos, en Dios que nunca nos fallará. Muchas veces perdemos la confianza, la fe, por los acontecimientos o por la violencia y la guerra que existe en el mundo, y decimos: "yo no creo en Dios porque permite la violencia, la guerra, el sufrimiento", no nos damos cuenta que todo esto existe gracias a nosotros, a la poca fe, la poca confianza que depositamos en nuestros hermanos más cercanos. 

Hoy es un buen día para reflexionar en quien hemos puesto nuestra confianza, nuestra fe, y cuanto confiamos en Dios, y si no hemos puesto nuestra fe en Dios es tiempo de confiar en Él, en su amor, en su misericordia, es tiempo de confiar más en nosotros mismos, en nuestros hermanos y en Dios. Solo si confiamos a partir de estas tres dimensiones conseguiremos paz, bienestar, armonía. 


Pidamos insistentemente que Dios aumente la fe, el amor, la humildad de los que nos dedicamos al servicio de Dios, y no sirvamos ahora en este mundo esperando recompensas, halagos o que por nuestro servicio nos ganemos el cielo, si no más bien sirvamos en el silencio, sin interés, para que podamos decir, como dice Jesús al final de este evangelio: "somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber". 



Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Homilía del 26° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del Santo Evangelio según san Lucas. 16, 19-31.


Había un hombre rico, que vestía de púrpura y lino y todos los días hacía espléndidos banquetes. Echado a la puerta del rico había un pobre cubierto de llagas llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamerle las heridas.

Murió el pobre y los ángeles lo llevaron junto a Abrahán. Murió también el rico y lo sepultaron. Estando en el lugar de los muertos, en medio de tormentos, alzó la vista y divisó a Abrahán y a Lázaro a su lado.

Lo llamó y le dijo:
—Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro, para que moje la punta del dedo en agua y me refresque la lengua; pues me torturan estas llamas. 

Respondió Abrahán:
—Hijo, recuerda que en vida recibiste bienes y Lázaro por su parte desgracias. Ahora él es consolado y tú atormentado. Además, entre ustedes y nosotros se abre un inmenso abismo; de modo que, aunque se quiera, no se puede atravesar desde aquí hasta ustedes ni pasar desde allí hasta nosotros. 

Insistió el rico:
—Entonces, por favor, envíalo a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos; que les advierta no sea que también ellos vengan a parar a este lugar de tormentos. 

Le dice Abrahán:
—Tienen a Moisés y los profetas: que los escuchen. 

Respondió:
—No, padre Abrahán; si un muerto los visita, se arrepentirán. 

Le dijo:
—Si no escuchan a Moisés ni a los profetas, aunque un muerto resucite, no le harán caso.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Homilía del 25° Domingo del Tiempo Ordinario.




Del Santo Evangelio según San Lucas.

16,1: A los discípulos les decía:


—Un hombre rico tenía un administrador. Le llegaron quejas de que estaba derrochando sus bienes. 16,2: Lo llamó y le dijo: —¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir en tu puesto.

16,3: El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer ahora que el dueño me quita mi puesto? Para cavar no tengo fuerzas, pedir limosna me da vergüenza. 16,4: Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me despidan, alguno me reciba en su casa.

16,5: Fue llamando uno por uno a los deudores de su señor y dijo al primero: —¿Cuánto debes a mi señor?
16,6: Contestó:
—Cien barriles de aceite. Le dijo: —Toma el recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta. 16,7: Al segundo le dijo: —Y tú, ¿cuánto debes? Contestó: —Cuatrocientos quintales de trigo. Le dice: —Toma tu recibo y escribe trescientos. 16,8: El dueño alabó al administrador deshonesto por la astucia con que había actuado.

Porque los hijos de este mundo son más astutos con sus semejantes que los hijos de la luz. 16,9: Y yo les digo que con el dinero sucio se ganen amigos, de modo que, cuando se acabe, ellos los reciban en la morada eterna. 16,10: El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho; el que es deshonesto en lo poco, es deshonesto en lo mucho. 16,11: Si con el dinero sucio no han sido de confianza, ¿quién les confiará el legítimo? 16,12: Si con lo ajeno no han sido de confianza, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?


16,13: Un empleado no puede estar al servicio de dos señores: porque odiará a uno y amará al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden estar al servicio de Dios y del dinero.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Homilía del 24° Domingo del Tiempo Ordinario.

Del santo Evangelio según san Lucas.


15,1: Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar.15,2: Los fariseos y los doctores murmuraban:

—Éste recibe a pecadores y come con ellos.

15,3: Él les contestó con la siguiente parábola:

15,4: —Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va a buscar la extraviada hasta encontrarla? 

15,5: Al encontrarla, se la echa a los hombros contento, 15,6: se va a casa, llama a amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja perdida. 

15,7: Les digo que, de la misma manera habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesiten arrepentirse. 


15,8: Si una mujer tiene diez monedas y pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con mucho cuidado hasta encontrarla? 
15,9: Al encontrarla, llama a las amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo porque encontré la moneda perdida. 

15,10: Les digo que lo mismo se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta. 


15,11: Añadió: 

—Un hombre tenía dos hijos. 15,12: El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes.



15,13: A los pocos días el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo una vida desordenada. 15,14: Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. 15,15: Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. 15,16: Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. 15,17: Entonces recapacitando pensó: 

—A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre.15,18: Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; 15,19: ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. 

15,20: Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. 

15,21: El hijo le dijo: 

—Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. 



15,22: Pero el padre dijo a sus sirvientes: 
—Enseguida, traigan el mejor vestido y vístanlo; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. 15,23: Traigan el ternero engordado y mátenlo. Celebremos un banquete. 15,24: Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta. 

15,25: El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas 15,26: y llamó a uno de los sirvientes para informarse de lo que pasaba. 

15,27: Le contestó:
—Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo. 
15,28: Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. 

15,29: Pero él le respondió: 
—Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. 15,30: Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero engordado. 

15,31: Le contestó: 

—Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. 15,32: Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado.

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"Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado".


Hola hermanas (os), paz y bien.

Este domingo el Señor nos habla de la misericordia de su Padre, y de la misericordia que debemos practicar con nosotros mismos y con nuestros próximos,  con los más próximos de nuestras familias, con los vecinos, con los que nos necesitan.

Para que podamos entender, Jesús, nos presenta tres parábolas  que son como cuentos pequeños que traen un mensaje. El primero es la de un pastor que pierde una oveja y deja las "muchas" que tiene, por la "una" que pierde. La segunda es de una mujer que pierde una moneda y la busca meticulosamente hasta que la encuentra. La tercera, parábola  se trata de un padre que pierde a su hijo, lo pierde en sentido figurado, pues aunque sigue siendo su hijo, el hijo no quiere estar con el padre, quiere ser libre, quiere experimentar la vida sin el consejo y sin la ayuda del padre, sin que nadie le diga nada, ni siquiera un "te amo". Es un poco la actitud de muchos hermanos y hermanas nuestras, o de nosotros mismos que no queremos a Dios en nuestra vida, queremos experimentar la vida sin Dios (nuestro Padre) pero nos damos cuenta, en la misma vida, que lo necesitamos indiscutiblemente  Cuando alguno de nosotros se aparta de Dios, de su amor, de su bondad, de su misericordia, es como si se perdiera. 

El texto que escuchamos repite constantemente el termino "perdido", una oveja, una moneda o un hijo perdido. Este término me trae a la memoria un acontecimiento que vivimos en nuestra parroquia: un niño de tan solo 10 años se suicido, era un niño del catecismo de nuestra parroquia (La Santisima Trinidad en Juárez, N. L. México). Muchos hermanos y hermanas de esta parroquia nos preguntamos que paso, queríamos hallar una respuesta entre tanta oscuridad. Personalmente quede impactado por este acontecimiento, pero reflexionando y ahora con la luz de la palabra de Jesús, puedo decir con seguridad que el niño que ahora lloran sus papas (que eran buenas personas), que lamentamos todos, no se ha perdido; pues en muchas ocasiones las personas que toman la decisión de salir por una puerta falsa, no lo hacen en plena conciencia; son afectados por el entorno violento, sin valores, materialista; por las burlas; por sus propios traumas, los cuales piensan que no los pueden superar.

Creo que la oveja que se perdió no es este niño, sino las noventa y nueve que somos todos nosotros; pues el Padre de Jesús, que es nuestro Padre ha abrazado a este hermanito nuestro con sus brazos de misericordia, de amor incondicional, de ternura de madre, porque "Dios es padre y madre" (dijo Juan XXIII). Nosotros que aun estamos en este mundo somos los que estamos perdidos, como dijo el Papa Francisco: la oveja perdida, ahora no es la "una" del Evangelio, sino las "muchas" que están perdidas por los valores de la sociedad actual, es necesario ir por las noventa y nueve, y dejar a la una que ya esta segura con el pastor.

Hermanos (as), el llamado insistente de Jesús hoy es para nosotros, que pensamos que somos de las noventa y nueve que no se han perdido, estamos perdidos porque nos amoldamos a los valores de la sociedad actual, a lo fácil, a lo cómodo,  al hedonismo,  al placer, a los bienes efímeros, a nuestros egoísmos.  Pensamos que el otro es el perdido, como el hijo mayor, pero somos nosotros los que aveces estamos perdidos por la ira, la envidia, el orgullo, la arrogancia. En nuestro vocabulario deberíamos incluir las palabras de Jesús, "esfuércense" (es decir, no todo y no siempre va a ser fácil), "conviértanse" (cambiar del camino errado por el que avanzamos), "entren por la puesta angosta" (la salvación, la puerta del cielo se entra por decisión propia, de uno en uno, hay que tener paciencia, hacer fila).

Hermanos (as) tengamos la valentía de volver al Padre, tengamos la valentía de dejarnos encontrar por Dios, aunque nuestras faltas sean muchas y muy graves, el Señor, nuestro Padre de amor, nos recibe con alegría. No tengamos miedo de confesarnos culpables (en el sacramento de la reconciliación) porque el Padre misericordioso ni siquiera se fija en la confesión, sino que quiere recibirnos como al hijo de la parábola  con alegría, nos pone el mejor traje, anillo, sandalias y nos hace fiesta, pues hay fiesta en el cielo cuando nosotros reconocemos y pedimos perdón por nuestras faltas, hay regocijo por el hermano que se convierte (que avanza por el camino marcado por Jesús, el camino del amor, de la compasión de la misericordia). Alegrémonos también nosotros, como en el cielo, por un pecador que se arrepiente, sea nuestro hermano o seamos nosotros, pues Dios quiere abrazar con el mismo amor a todos sus hijos. Y pidamos a Dios de tantos hermanos que se pierden y no se dejan encontrar por Dios.

¡¡¡Alabado sea Jesucristo!!!

Fray Juan Gerardo Morga, OFMCap.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Homilía del 23° Domingo del Tiempo Ordinario

Lucas 4, 25-33.

Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:

—Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. 

Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miran se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir. Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil? Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz. 

Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo.